jueves, 19 de abril de 2018

Habitar el Palacio Real II/2 - María Luisa de Parma

EL CUARTO DE LA REINA

Las estancias de la reina María Luisa de Parma se situaban en el lado este (o levante) del palacio, por ello debían gozar de una notables vistas sobre Madrid y sobre la antigua Casa del Tesoro y el Huerto de la Priora de época de los Austrias. Al contrario que el Cuarto del Rey, el de la reina se caracterizaba, ante, todo por sus decoraciones fijas, es decir, bajorrelieves, paneles estucados y boiseries.

María Luisa de Parma retratada por Goya hacia 1800.


Planta del Palacio Real bajo Carlos IV. En azul el Cuarto del Rey, en naranja la Biblioteca del Rey, en rosa el Cuarto de la Reina y en amarillo el Cuarto de los Príncipes de Asturias.

20- ESCALERA DEL PRÍNCIPE

Dicha escalera ya fue concebida por Sachetti como acceso principal e independiente al Cuarto de los Príncipes, de ahí que guardara el nombre. Aunque relativamente austera y pequeña comparada con la gran Escalera Principal, la Escalera del Príncipe se caracterizaba por su elaborada disposición de las rampas.

21- SALA DE GUARDIAS DE LA REINA

En la primera estancia del Cuarto de la Reina, poco podemos destacar de la decoración original.

22- ANTECÁMARA DE LA REINA O SALA DE LAS DAMAS

En esta estancia podemos ver como el tradicional esquema de antesala-sala-saleta-antecámara-cámara-gabinetes se va trastocando, en función de las necesidades del espacio y de los caprichos del comitente. El techo estaba decorado con un fresco de Maella representando El Tiempo descubriendo la Virtud y con cuatro medallones de la Estaciones del Año, todo rodeado de estucos rococó y datado del reinado de Carlos III.

En esta estancia estaban las camaristas (damas de cámara) de la reina que introducían, o filtraban, a los visitantes a los aposentos de la soberana.

Antecámara de la Reina (actual Sala de los Stradivarius).
© Patrimonio Nacional.

23- CÁMARA DE LA REINA O SALA DE BESAMANOS

Una vez más, vemos como esta estancia tiene funciones a priori antagónicas, sala y cámara, pero que demuestran el lento relajamiento del estricto ceremonial cortesano borgoñón. Antonio González Velázquez pintó la bóveda con Apolo y Minerva premiando los talentos y los cuatro frontones semicirculares y Sabatini se encargó de realizar los elaborados y monumentales estucos, todo ello en 1763.

Sin embargo, la cámara fue la primera pieza en ser completamente redecorada bajo María Luisa, alrededor de 1790-92. Manuel Muñoz de Ugena diseñó los nuevos trumeaux y chimenea estilo Louis XVI, además del mobiliario, que incluía consolas, la pantalla de la chimenea y un elaborado dosel con trono incluido para los besamanos de la soberana. Como nota sorprendente, toda la decoración textil y las tapicerías eran de color verde manzana.

Cámara de la Reina (actual Saleta de la reina María Cristina)
© Patrimonio Nacional.

Trono y dosel de la Reina para la Sala del Besamanos (1790-92), de Manuel Muñoz de Ugena.

Que esta sala, la del besamanos, se encuentre en un espacio relativamente pequeño y alejado del núcleo de habitaciones regias parece indicar que, a pesar de su suntuosidad, se trataba de un lugar más simbólico que práctico, un poco como la Presence Chamber inglesa, donde el trono meramente simbolizaba el soberano y su presencia ausente.

24- ORATORIO DE LA REINA

La pequeña pieza anexa presentaba una Virgen amamantando al Niño Jesús junto a San José de Andrea Vaccaro.

25- PIEZA DE COMER DE LA REINA

Era la estancia más grande del Cuarto de la Reina y la que recibió una decoración más monumental. Bajo el reinado de Carlos III, Francisco Bayeu pintó su mejor fresco en el Palacio Real: La Caída de los Gigantes. También a él se deben los cuatro medallones y los roleos de la parte superior de la cornisa. Como en la pieza precedente, a excepción del techo, todo lo demás fue redecorado por orden de María Luisa en 1790-91. Francesco Sabatini se encargo de diseñar los trumeaux y sobrepuertas con elaborados medallones y cariátides sobre los seis espejos, las seis puertas y las tres ventanas. Sabatini también diseñó las consolas y las rinconeras.

Pieza de Comer de la Reina (actual Comedor de Diario).
© Patrimonio Nacional.

Elaborados mármoles y estucos en la Pieza de Comer.
© María Luisa Tárraga Baldó / 2016 / Centre de recherche du château de Versailles.
En su origen, esta sala estaba pensaba para servir al besamanos, pero esta función se trasladó a la estancia precedente y entonces se la renombró “Pieza de comer”, sin embargo, María Luisa nunca comía en público dado que llevaba una dentadura postiza. Lo más probable es que esta sala, dado su tamaño, sirviera para los bailes íntimos de la corte, a imitación de las redoutes que organizaba la reina Marie-Antoinette. María Luisa era particularmente amante de estas diversiones, que se celebraban por la tarde, cuando el rey estaba de caza y cuando la reina no asistía a los toros.

26- TOCADOR DE LA REINA

La sala completa el trío de salas más lujosas del Cuarto de la Reina. De la decoración original solo queda, una vez más, el techo de Bayeu representando La apoteosis de Hércules y los frisos y medallones que lo rodean, con alegorías La Pintura, La Filosofía, La Poesía y La Música. Para esta misma estancia, Mengs pintó cuatro exquisitos sobrepuertas con los cuatro momentos del día, retirados más tarde.

Las Cuatro Horas del Día (1769) según Mengs.
El Amacer representado por la diosa Aurora, el Mediodia por Helios o Apolo, el Atardecer por Héspero y la Noche por Diana.
© Patrimonio Nacional.

Toda la estancia fue completamente redecorada de 1793 a 1798, constituyendo una de las piezas que tardíamente se reformó y en la que más tiempo se invirtió. Sabatini concibió la elaboradísima decoración clásica de las paredes, curiosamente de color azul. Los estucos fueron ejecutados por los hermanos Brilli, que también trabajaron estucando los gabinetes de Carlos IV. La estancia tenía, sin embargo, un aspecto bastante distinto, menos evanescente, ya que solo había cuatro grandes espejos, situados en el centro de las paredes. Las puertas no tenían espejos y en los ángulos de la sala había unos tapices de guirnaldas de flores sobre fondo beige diseñados por Dugourc. Justo enfrente de las ventanas se situaba la mesa del tocador de la reina, con todo un juego completo y bajo un monumental dosel.

Tocador de la Reina (actual Salón de los Espejos).
© Patrimonio Nacional.

A pesar de su nombre, la estancia no era privada. Dada la suntuosidad del de la decoración, el tocador debía ser como la Cámara del Rey, es decir, un espacio donde la reina recibía las visitas matutinas mientras era vestida y maquillada, siguiendo el ritual de la toilette femenina que también se seguía en otras cortes europeas.

La reina Charlotte de Reino Unido mientras recibe la visita de sus hijos durante la toilette matutina.
© Royal Collection.

27- DORMITORIO DE LOS REYES

Al contrario que en las estancias precedentes, ésta sí que tiene un fresco de época de Carlos IV, La institución de las órdenes de la Monarquía española fue pintado por el omnipresente Bayeu en 1794. Tanto los trumeaux como las sobrepuertas con roleos serían de la misma época, probablemente obra de Sabatini. En sus paredes colgaban obras religiosas, por lo general copias de grandes maestros.

Dormitorio de los Reyes (actual Salón de Tapices).
© Patrimonio Nacional.

Este habría sido el dormitorio oficial de los reyes ya desde su boda en 1765, sin embargo es posible que el rey durmiera de forma extraoficial en su vestidor, es decir, la pieza contigua (14). No fue hasta finales de su reinado, cuando Carlos IV instaló oficialmente su dormitorio en una de las piezas del Ala de San Gil (18).
Si el rey se levantaba a las cinco, la reina lo hacía a las ocho, luego recibía a sus hijos y a la aya, a continuación se celebraban la toilette y las audiencias matutinas en el tocador contiguo.

28- RETRETE DE LA REINA

La pequeña estancia anexa al dormitorio presentaba una hornacina en su pared que probablemente contenía un retrete, disposiciones parecidas encontramos en el palacio de Aranjuez o la Casa del Labrador.

El Retrete de la Reina en la Casa del Labrador de Aranjuez.

29- PIEZA 29

Esta pequeña estancia formaba parte del conjunto de trascuartos de la Reina, es decir, una serie de habitaciones pequeñas e íntimas que miraban hacia el patio. Más allá de que fueran estancias privadas, su uso no parecer ser muy preciso ni concreto.

Esta estancia tenía una gran fresco de Juno pidiendo a Eolo que suelte los vientos contra Eneas pintado por Maella en época de Carlos III, el fresco está ahora oculto bajo el falso techo. En este espacio María Luisa guardaba algunos de los cuadros más clásicos del palacio, notablemente obras de Tiziano y Rafaello.

30- PIEZA 30

Nada ha sobrevivido de su estado original, su ausencia de decoración fija remarcable parece indicar que pudo haber sido una biblioteca.

31- GABINETE DE LOS ESTUCOS

Presenta una de las decoraciones más elaboradas del Cuarto de la Reina. Tanto los estucos de la bóveda como los paneles de las paredes fueron diseñados por Sabatini y ejecutados por los hermanos Brilli, todo ellos en un exquisito estilo neoclásico.

Gabinete de Estucos o de Escayola de la Reina.
© Patrimonio Nacional.

El gabinete pudo haber funcionado como pequeña sala de reuniones en relación a la pieza siguiente.

32- GABINETE DE LAS MADERAS FINAS

Comparado con el resto del Cuarto de la Reina, la decoración resulta totalmente anacrónica: elaboradas boiseries de maderas finas estilo rococó. Todos los elementes provienen en realidad de los Gabinetes de Maderas Finas de Carlos III en el otro extremo del palacio.

Gabinete de las Maderas Finas.
© Patrimonio Nacional.

En una forma de legitimar su poder, la reina gobernaba desde un escenario digno del gran Carlos III. Cada mañana, la soberana pasaba largas horas trabajando en este pequeño espacio, leyendo informes policiales que le enviaba cada día Godoy y a su, vez, escribiendo al valido sobre cuantos asuntos la preocupaban. También en este gabinete debía recibir la reina a ministros y a cortesanos “en audiencia reservada”.

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En resto del Palacio Real se distribuía bajo Carlos IV de la siguiente manera: los príncipes de Asturias en el antiguo cuarto de Carlos III y su esposa en el lado oeste, en el ángulo noroeste la infanta María Luisa Josefa y su esposo el duque de Parma a partir de 1801 y en el noreste los infantes Carlos y Francisco de Paula. El infante Antonio Pascual se alojaba en la planta baja.

martes, 27 de marzo de 2018

Los bains de mer I: los orígenes y la Côte Fleurie.




Durante décadas, el verano ha sido indisociable de la playa y los baños de mar. ¿Pero cómo empezó todo? Pues primero fue salud, luego fue moda.

Desde la Antigüedad, el uso curativo de ciertas aguas y manantiales fue algo muy valorado. Sin embargo, no fue hasta la llegada del Siglo de la Razón, cuando se empezó a separar el sentido religioso de las propiedades médicas de estos manantiales. Por primera vez, se empleaban explicaciones y razonamientos científicos lejos de razones milagrosas. 

Paralelamente, fue creciendo interés por las cualidades terapéuticas del mar. En 1753, un doctor británico publicó The Uses of Sea Water, primera obra que anunciaba al público las bondades del mar. Dichos consejos emergían en el siglo XVIII, en medio de una nueva valoración de la vida privada y la intimidad, y supusieron un incentivo para que la gente empezara a acercarse a los pueblos de mar, buscando salud y calma.

El primer seaside resort surgió en Brighton, donde el extravagante príncipe de Gales (futuro Geoge IV) compró en 1787 una pequeña propiedad para residir lejos de los cotilleos de Londres con su amante y esposa secreta Maria Fitzherbert. A lo largo de los años la pequeña mansión se transformó en un extravagante palacio de aspecto oriental al mismo tiempo que el modesto pueblo de pescadores se metamorfoseaba en una localidad de veraneo donde la alta sociedad londinense venía a disfrutar de las bondades médicas del mar y de un cierto desenfado y libertinaje. Las élites se extasiaban con esta nueva moda y especialmente con el llamado dipping, es decir, sumergir el cuerpo enteramente en el agua.

El coqueto Marine Pavilion que el príncipe de Gales compró en 1787.

La costa de Brighton pintada por John Constable en 1826-27 con su característico paisajismo dramático. 

Brighton fue el primer ejemplo de la metamorfosis que sufrirán pequeñas poblaciones costeras reconvertidas en el escenario de la interacción entre las élites y los baños de mar. A lo largo de siglo XIX la emergencia de este tipo de poblaciones será rapidísima y constante, primero a través de Europa y luego del mundo. Las costas francesas jugaran un papel protagonista en todo este desarrollo.

En Francia, la historia de los bains de mer empezó en Dieppe, localidad ideal por su cercanía tanto a las costas inglesas como a Paris. En 1822, durante Restauración Borbónica, se empezó a construir el primer casino, lugar idóneo para las reuniones de la alta sociedad y que se convertiría en uno de los edificios más emblemáticos de las stations balnéaires. Éste contaba además con unas termas de agua marina, el origen de la talasoterapia.

Sin embargo, la consagración de Dieppe vino, una vez más, dada por otro miembro de la realeza, en este caso la duquesa de Berry, nuera del rey Charles X. La duquesa, conocida por ser el miembro más jovial y carismático de la familia real, descubrió Dieppe en 1824. A partir de entonces pasó seis semanas durante cinco veranos (hasta 1829) en la pequeña población. Sus visitas, que tenían casi un carácter oficial, ya que se alojaba en el ayuntamiento, sirvieron como imán para que la corte y la alta sociedad parisina acudieran en masa a Dieppe.

La Duquesa de Berry pintada por Thomas Lawrence.

Los más aventurados probaban incluso de bañarse en el mar, aunque, eso sí, siempre bajo prescripción médica y bajo la atenta mirada de los vigilantes. La proximidad de Dieppe a París la hacía muy apetecible para las élites de la capital y ni siquiera el derrocamiento de Charles X y el exilio de la Familia Real en 1830 frenaron su crecimiento. La población se expandió y cada verano se convertía en una especie de sucursal de los mejores barrios de Paris, altivas damas y caballeros se pasean por la playa con sus elegantes ropajes mientras a pocos metros los bañistas, mucho más ligeros de ropa, experimentan las bondades del agua de mar. Algunas manzanas más allá, en el casco antiguo, los humildes pescadores veían con cierto recelo toda esa invasión de la gente bien que traía beneficios pero también sus extrañas costumbres.

Pero poco a poco, el motivo médico fue quedando relegado a un segundo plano. Los baños de mar estaban simplemente de moda, formaban parte del ocio de las clases altas, lo importante era ver y dejarse ver: había nacido la villégiature.

Dieppe en 1899. El puerto, el pueblo de pescadores y los establecimientos para la alta sociedad conviven en un mismo espacio.


Las famosas casetas de baño, era móviles y se empujaban hasta tocar el mar, servían para poder cambiarse cerca del agua  porque se consideraba inadecuado pasearse por la playa en traje de baño.

En 1848, el ferrocarril llegó a Dieppe, a partir de entonces las actividades se diversificaron y aparecieron también el teatro y el hipódromo. Al mismo tiempo se fueron imponiendo unas normativas en las playas para guardar el decoro y evitar conflictos con los aldeanos. Se reguló la forma y medidas del traje de baño (cada ciudad establecerá las suyas), se instauró el uso de casetas de baño y se separó a hombres y a mujeres (no en todas las poblaciones). Con el tiempo, franceses y extranjeros acabaron sabiendo que playas eran más conservadoras y cuáles eran más liberales.

Al primer casino de Dieppe (lugar de reunión por excelencia de la alta sociedad) rápidamente le sucedió en 1852 el segundo, hecho de cristal y hierro como los grandes palacios de las exposiciones universales. Finalmente, en 1886, se inauguró el tercer casino de Dieppe, un enorme edificio de estilo morisco, una clara muestra de la arquitectura que caracterizaba estas nuevas poblaciones: lúdica, extravagante y experimental. Las nuevas poblaciones tuvieron siempre una aspecto exuberante y se establecieron como el contrapunto a la arquitectura más rígida y monumental de las capitales y grandes ciudades. Al fin y al cabo, la villégiature era sinónimo de disfrute.

El segundo Casino de Dieppe, inaugurado en 1852.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica. 

Cartel promocional de la inauguración del tercer Casino de Dieppe en 1886, por Jules Chéret.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica.


El tercer casino (1886) de Dieppe, en estilo mauresque.

El tercer Casino en un pintura de Jacques-Émile Blanche. En 1925, todo el edificio fue rehecho en estilo Art Déco y fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

Muy cerca de Dieppe, el pequeño pueblo de Le Tréport también experimentó un considerable auge cuando el rey Louis-Philippe I y su numerosa familia establecieron su residencia veraniega en el cercano castillo de Eu. Allí fue recibida la reina Victoria en dos ocasiones, 1843 y 1845, después de desembarcar en le pequeño puerto pesquero. El Pavillon d'Orléans, construido en primera linea de mar para la familia real puede considerarse una de la primeras villas de playa de Francia.

El Pavillon d'Orléans en Le Tréport.
© Château d'Eu / Musée Louis-Philippe.

Pero si Dieppe fue la primera station balnéaire de Francia, no fue la única. El punto de inflexión llegó en 1852 con la instauración del Segundo Imperio Francés y el inicio de una ambiciosa política ferroviaria.

Con la llegada de ferrocarril al pueblo mercante de Le Havre, los aristócratas y ahora también la alta burguesía, podían llegar desde Paris y tomar un transbordador que conectaba con distintos puntos de la costa. La moda de los bains de mer llegó entonces a Trouville, pequeño pueblo de pescadores a los pies de los acantilados normandos y al lado de la desembocadura del río Tocques. Bajo el impulso del crecimiento económico y de la bonanza política del Segundo Imperio, la trasformación de esta localidad fue aun más rápida que Dieppe. El lado del rio Tocques, Trouville mantuvo su aspecto pintoresco con su arquitectura vernácula, pero al lado del mar se desarrolló la ciudad orientada a los baigneurs, de la arena emergieron elegantes villas para los aristócratas y altos funcionarios del Imperio. En 1868 se instalaron las planches en la playa, pasarelas de madera que permitían a los selectos visitantes pasear sin llenarse los zapatos de arena. El mismo año abrió el primer hotel, el célebre Hôtel des Roches Noires, dos años después lo hizo el Hôtel de Paris. Un bañista describía la localidad del siguiente modo:

antes era una auténtico puerto de pescadores, con casas esparcidas detrás de un muelle cerrado por trozos de roca, con redes secándose al sol, tendidas en los alrededores, con pescadores con gorros rojos […]; pero ahora es como se dice el punto de encuentro de la bonne société, donde pueden verse parisinas con bellos vestidos, mozos ingleses, cocheros con librea y profesores de equitación

Mezcolanza de gentes en Étretat (cerca de Le Havre) pintada por Eugéne Le Poittevin en 1866.

Elegantes visitantes al lado de un pescador. La convivencia entre estos dos mundo fue algo muy habitual, incluso algo buscado.

La nueva estación balnearia sedujo a los visitantes por su doble carácter rústico y sofisticado, sencillo y encopetado. La misma emperatriz Eugénie visitó Trouville en varias ocasiones, pero fueron dos pintores los que inmortalizaron su fama: Eugène Boudin y Claude Monet. Ambos se dejaron cautivar por la amplia playa de arena blanca que otorgaba a Trouville una luminosidad evanescente en ciertos momentos del día.

Sur les planches de Deauville (circa 1870) de Claude Monet. 

Les figures sur la plage à Trouville (1869) de Eugène Boudin.

No obstante, no todas las estaciones balnearias tuvieron su origen en pequeños pueblos de mar. Muchos hombres de negocios visionarios, viendo el auge de los baños de mar decidieron crear ciudades ex-novo. Fue el caso de Deauville. Enfrente de Trouville, en la otra orilla del Tocques se extendía una amplia llanura arenosa llamada Deauville. En 1859, el duque de Morny, hermanastro de Napoleón III, decidió impulsar la creación de una nueva localidad. La nueva población seguía un plan reticular y los preceptos planteados por Haussmann en Paris, pero en vez en inmuebles se construyen villas de diversos estilos. Si en principio Deauville se concibió como un apéndice de Trouville, la amplia llanura sobre la que se erguía le permitió un crecimiento mayor y más rápido, así pues en 1863 se inauguró la línea férrea que unía Paris y Trouville-Deauville, ese mismo año también abrió el hipódromo. Junto con el casino, el hipódromo era uno de los principales lugares de sociabilización mundana; en invierno se iba a la ópera y durante la temporada estival al hipódromo. Obviamente lo menos relevante era las carreras, una vez más, como decía My Fair Lady, lo más importante era ver y dejarse ver.
Trouville-Deauville alrededor de 1900. Trouville se encuentra en la parte superior, al pie de las colinas, y Deauville, aún a medio desarrollar, es la amplia explanada de la parte inferior, tocando al margen de abajo aparece el hipódromo.

Elegantes señoritas en el hipódromo de Deauville hacia 1914.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica.

El Hôtel Royal de Deauville poco después de su inauguración en 1912.

El Hôtel Royal y las características sombrilla de colores de Deauville en el actualidad.
© Paravision.

El ciclo de una station balnéaire fue, no obstante, más acelerado que el de una gran ciudad o capital, y las fases de nacimiento, crecimiento, cenit y decadencia se sucedían aquí más rápido, creando constantes parones y reflujos. En 1870, con la caída del Segundo Imperio, Deauville se estancó y se convirtió en un mero apéndice de su vecina, su única atracción era su gran hipódromo. Hubo que esperar hasta inicios del siglo XX para encontrar un renacimiento. En 1912 el inversor Eugène Cornuché construyó un nuevo casino y el Hôtel Normandy, un año después inauguró el Hôtel Royal. A partir de entonces Deauville tomó el relevo de su vecina. Antes de la guerra, cada medio día, despues del almuerzo, toda la bonne societé se encontraba en los cafés de la Rue Gontaut-Biron y en esa misma calle Coco Chanel abrió su primera tienda en 1913. Durante los Années folles (los años 20) se convirtió en lugar de moda repleto de fiestas y soirées para las élites europeas, con frecuencia recibió visitas de socialites como Alfonso XIII, Churchill, Aga Khan III o Elvire Popescu. En esta fase final, se inauguraron los Bains Pompéiens en 1924 y el Yacht Club en 1929, en un estilo Art Déco mucho más contenido que el de las décadas precedentes.

La playa de Deauville en los años 20, ya sin las típicas casetas de baño.

La planches de Deauville, instaladas a imitación de las de Trouville (que se aprecia en el horizonte), "marcher sur les planches de Deauville" fue considerado sinónimo de exhibirse.

A lo largo de las primeras décadas del siglo, los bañadores fueron acortándose considerablemente.

La lectura, ahora y siempre, es uno de los principales pasatiempos en la playa.

Hay que ir siempre estupendo a la playa.
Lady Edwina Mountbatten luciendo su bata de baño y su turbante a juego.

Pero el ejemplo de Deauville no fue el único. La mejora de las comunicaciones y la bonanza económico-política durante el Segundo Imperio fue causa de una rápida expansión de las estaciones balnearias. En 1853 se creó Cabourg, en 1854 Houlgate y en 1856 Villiers-sur-Mer. Cabourg pasó a la historia como lugar de veraneo, entre 1907 y 1914, de Marcel Proust, que inmortalizó la ciudad en su obra À la recherche du temps perdu.

El espectacular florecimiento, metafórico y real, que experimentó esta región de la costa normanda entre Le Havre y Sallenelles pronto le valió el sobrenombre de Côte Fleurie.

lunes, 19 de marzo de 2018

Las cortes que nunca existieron

Con frecuencia, la gente poco docta en historia (y también la docta), considera que el siglo XIX no es un siglo de monarquías. ¿Después de la Revolución Francesa, como puede volver a haber espacio para los soberanos y sus aduladoras cortes? En el siglo XIX, el llamado siglo del liberalismo y de las luchas proletarias, ¿qué importancia pueden tener los reyes y los rituales ancestrales? Se considera, es cierto, que hubo reyes y cortes, pero que no dejaron de ser una mera continuación del Antiguo Régimen, fantasmas del pasado realizando rituales obsoletos. En otras palabras, los restos de una época que se negaba a desaparecer, frente a un mundo cambiante y moderno.

"El pueblo de París llegando a Versalles" por François Flameng.

Se equivocan.

Durante gran parte del siglo XX, la historiografía de tendencia marxista, se esforzó en estudiar los procesos revolucionarios y los sistemas económicos del siglo XIX, la sociología de las élites quedó en un segundo inexistente plano. A partir de 1980, sin embargo, empezó a aparecer una historiografía centrada en analizar el fenómeno curial. Se demostró entonces que países como el Segundo Imperio Francés o el Segundo Reich Alemán, que en su época fueron las naciones más avanzadas e industrializadas del mundo, poseían, además, una monarquía a pleno funcionamiento y enormes e influentes cortes. Emblemático e indispensable, sobre todo por su visión global, es el artículo de Philippe Mansel “The Court in the Nineteenth Century: return to the Limelight” publicado en 2012.

También desde la historiografía del arte se prefirió estudiar las vanguardias pictóricas o la innovadora arquitectura de hierro y cristal. En el canónico “Arquitectura de los siglos XIX y XX” de Henry Russell-Hitchcock, el autor dedica apenas unas líneas anecdóticas a emblemáticos palacios europeos. El siglo XIX no era época de palacios. Sin embargo, en dicho siglo, se reformaron costosamente la mayoría de los palacios europeos y una innegable cantidad fue construida ex-novo, en especial en los nuevos estados que se crearon. Paradójicamente, Napoléon, considerado heredero de los ideales revolucionarios, trajo consigo una auténtica fiebre constructiva de palacios que puede entenderse incluso como una re-monarquización de Europa.

En 2016, Charles-Éloi Vial, historiador francés, publicó un libro que promete convertirse en canónico entre los estudios de las cortes francesas (y europeas) post-revolucionarias. Les derniers feux de la monarchie, la cour au siècle des révolutions (1789-1870) es el primer estudio global y comparado sobre las seis cortes (cuatro reales y dos imperiales) que existieron en la Francia decimonónica, pues, si bien las cortes de Napoléon I y (más recientemente) Napoléon III han generado una considerable bibliografía, las de Louis XVI, Louis XVIII, Charles X y Louis-Philippe I siguen relegadas al olvido.

Lo que sigue es una “reinterpretación” basada en el primer capítulo de dicho libro, con algún que otro añadido mío aquí y allí.

“BARRICADAS, FANTASMAS Y ECOS”

Mariscales emperifollados y con títulos rimbombantes alrededor del trono de Napoléon, fantasmas supervivientes del Antiguo Régimen llegados en masa en 1814 y banqueros y magnates con aires de nuevo rico. Durante mucho tiempo se ha creído que no hubo cortes en Francia después de la Revolución, sino que solo hubo cortesanos.

Son tópicos que ha perdurado durante largo tiempo, a pesar de que la Francia decimonónica vivió un fenómeno curial particularmente activo, hasta tal punto, que podemos afirmar que no hubo ruptura entre los regímenes, sino un largo proceso de adaptación del ceremonial versallesco, que siempre fue una referencia insuperable. En cierto modo, podemos decir que la desconocida corte de Louis XVI de 1789 a 1792 prefigura ya muchos elementos de las cortes del XIX, ya sea por su repartición de tareas entre los criados y los cargos honoríficos, los momentos del día a día del rey o las delicadas relaciones entre la corte y los otros centros de poder, en especial los representantes “del pueblo”, aparecidos al final del Antiguo Régimen.

La fachada cara al jardín del palacio de las Tuileries, en 1867. 

Si bien nunca alcanzaron el prestigio de Versalles, las cortes del XIX tuvieron una influencia fundamental en la política, la diplomacia, el arte o la vida mundana. En el siglo XVIII, Versalles se encontró con la creciente rivalidad de Paris, pero con el retorno de la corte a la capital en 1789, villa y corte se convirtieron en inseparables, retroalimentándose durante casi un siglo.  La corte pudo aprovechar la proximidad de los teatros, la ópera, los salones de pintura y los hôtels de las grandes familias francesas, de la nobleza más reciente o de la gran burguesía parisina. Del mismo modo, los fastos monárquicos hicieron revivir talleres, manufacturas y grandes artistas.

Sin embargo, este retorno también implicó que la corte debía aprender a convivir con la pobreza obrera, la prensa, los clubs políticos o simplemente con los ánimos encendidos de la oposición popular. La cohabitación no fue fácil y la sombra de Versalles fue larga entre las clases populares: la corte se percibía como un lugar repleto de cortesanos inútiles y avaros que aspiraban a reinstaurar el absolutismo. Del mismo modo que los distritos orientales de París fueron los feudos de las clases más desfavorecidas, las Tullerías fueron consideradas el bastión de la corte. La frecuencia con la que las barricadas se alzaron cerca del palacio ha llevado a algunos historiadores a considerar las revoluciones del XIX como “revoluciones de palacio”. El palacio, enclavado en medio de barrios populares, era como una avanzadilla en medio de territorio enemigo y, del mismo modo, era la expresión física de la corte, es por eso que con frecuencia fue objeto de ataques. Sería saqueado en 1792, 1830 y 1848 y finalmente incendiado en 1871. Tales infortunios le valdrían un inmerecido epíteto de “palacio maldito”.

Napoléon en su nuevo palacio de las Tullerías, recibiendo al Senado Romano.


Los revolucionarios parisinos saqueando las Tullerías en 1848.

Para contrarrestar esta hostilidad, la corona se esforzó por destacar la generosidad del monarca con sus súbditos, así como los beneficios que la corte traía a la villa: daba trabajo y ayudas y además ofrecía fiestas y celebraciones públicas. Durante todo el siglo XIX los fastos de la corte tuvieron de convivir con la miseria, la delincuencia y las epidemias.

Pero la propia corte también vivió tensiones internas durante todo el siglo, hasta el punto que podemos afirmar que no fue un bastión cerrado, sino un punto de encuentro, una encrucijada para distintas sensibilidades políticas, desde los más acérrimos contrarrevolucionarios hasta los republicanos, pasando por los bonapartistas autoritarios, los liberales, los orleanistas o la izquierda dinástica. Todo hombre y mujer que se preciara aspiraba a ser invitado alguna vez en su vida a las Tullerías y, como gran novedad respecto al Antiguo Régimen, por primera vez la corte acogió a gente por sus méritos individuales y no solo por sus títulos y linajes.

Pero el siglo XIX fue también el siglo de la opinión pública: el nacimiento de la prensa, las batallas de opinión, las caricaturas o la progresiva libertad de expresión obligaron a los regímenes a adaptar su discurso, la corte ya no podía ser la vitrina del poder, sino que debía encarnar la riqueza de todo el país, además de revestirse de un integridad política y moral intachable. Durante todo el siglo, los periódicos, en función de su afinidad política, describirían a la corte como un modelo de virtud o como un nido de depravación y decadencia.

La capital no era solo una amenaza en potencia, sino que también tenía sus desventajas prácticas. Tras abandonar Versalles, la corte tuvo que hacer frente a la falta de espacio en el palacio, a la falta de alojamientos, a la distancia entre los edificios, a las callejuelas estrechas y a la densidad poblacional en aumento frente a las verjas de las Tullerías. Todo parecía comprimir poco a poco el espacio curial pero, afortunadamente, la corte tenía otros palacios fuera de la capital: Saint-Cloud, Fontainebleau, Compiègne y Rambouillet fueron los más célebres, sin olvidar residencias más privadas como Neuilly, Eu, Pau o la villa de Biarritz. Fruto de esta sensación de agobio en París, la corte se esforzó en resucitar los séjours (estancias oficiales), prácticamente desaparecidos a finales del Antiguo Régimen. Estos viajes permitían recuperar ese contacto con la naturaleza y esa sensación de libertad que los cortesanos tanto añoraban de Versalles. Además, permitían exportar el boato de la corte fuera de París y afirmar la continuidad entre regímenes. Tampoco hay que olvidar el papel fundamental que tuvieron estos viajes en el re-amueblamiento y el mantenimiento de las numerosas residencias reales abandonadas tras la Revolución.

Louis-Philippe I recibiendo a la reina Victoria en el bosque del castillo de Eu.
© Royal Collection/HM the Queen.

Paradójicamente, la corte nunca fue tan fastuosa como en el siglo XIX, gracias a la llamada Lista Civil. Dicha lista eran los recursos que el estado ponía a disposición del soberano para que ejerciera sus funciones y comprendían esencialmente los bienes inmobiliarios (palacios y fincas, pero también la ópera y algunos museos), los mobiliarios (muebles, colecciones reales, las Joyas de la Corona) y los monetarios (subvenciones estatales y rentas sacadas de la explotación de las distintas fincas). Solo en fincas y propiedades, la Lista Civil ya superaba aquello que antes de 1789 había constituido el llamado Domain royal (“Señorío Real” - las propiedades pertenecientes al Rey como señor feudal que era). Gracias a la Lista Civil, jamás los criados fueron tan numerosos, los caballos tan bonitos y los aposentos jamás estuvieron tan bien amueblados como después de la Revolución.

Del mismo modo, la corte no fue jamás tan poderosa. Napoléon gozó de una autoridad sin parangón, y en determinados momentos pudo jactarse de gobernar Europa, cosa que Louis XIV jamás logró; Louis XVIII y Charles X podían, en virtud de la Chartre (Carta Magna) oponerse a cualquier medida legislativa aprobada por la Chambre (Parlamento); Louis-Philippe I fue durante gran parte de su reinado su propio primer ministro y Napoléon III, gracias al bloqueo de la instituciones instaurado en 1851, tuvo las manos libres  para gobernar y reformar el país, cosa que nunca logró Louis XVI. Sin embargo, había una diferencia esencial con el Antiguo Régimen, los cortesanos que gozaban de cargos honoríficos ya  no tenían ni voz ni voto en cuestiones políticas, estas quedaron en manos de dirigentes profesionales, los miembros del gabinete del soberano.

Recepción del duque de Orléans en las Tullerías, por Eugène Lami.







“UNIDAD EN LA DIVERSIDAD”

A pesar de estas constantes (fastos, poder y revuelta), todas las cortes del XIX tuvieron aspectos distintos. La de Louis XVI fue una expresión del frágil compromiso entre el poder real y las aspiraciones reformistas de la Asamblea Constituyente y luego Legislativa. La corte consular y luego imperial de Napoléon I destacó por su capacidad de unir tradición e innovación en sus fastos. El emperador no fue un vulgar imitador sino un continuador brillante y su capacidad para encarnar la autoridad superó la de sus predecesores. Por primera vez, la corte no giró en torno a la vida biológica del rey (el despertar, el vestir, el almuerzo…) sino alrededor de su vida política (audiencias a diplomáticos, comunicación de órdenes a sus oficiales…). Bajo su reinado, el centro del palacio dejó de ser la antigua chambre de parade (dormitorio de ceremonia) y pasó a ser el salón del trono, en otras palabras, el soberano ya no lo era por derecho divino, sino gracias a que encarnaba un poder político y una autoridad militar.

Napoléon I y Marie-Louise a su llegada a las Tullerías el día de su boda, en 1810.
© RMN - Château de Versailles/Jean-Marc Manaï.

La corte de la Restauración Borbónica es seguramente la que ha gozado de peor fama. Venida después de los fastos imperiales, la “Leyenda Negra” la describe como un lugar habitado por cortesanos reaccionarios y vengativos, y soberanos estúpidos y devotos incapaces de comprender su época. El gran problema de la corte de la Restauración fue como “reconectar con el pasado” y sus soberanos supieron hacer una síntesis inteligente de la herencia real, revolucionaria e imperial. Fueron además capaces de renovar en profundidad el funcionamiento de la corte y de establecer por primera vez “conexiones” con los otros actores políticos del país (el parlamento). No obstante, el cariz conservador y autoritario que tomó el régimen en los últimos años se tradujo en un creciente odio hacia todas las expresiones tradicionales de la monarquía, hasta tal punto que cuando Louis-Philippe I subió al trono en 1830 aseguró que prescindiría de una corte.

¿Pero un soberano puede vivir sin una corte? ¿Sin chambelanes, sin caballerizos, sin ayudas de ceremonia? ¿La reina puede tener solo una dama de compañía? El nuevo soberano pronto se dio cuenta que no podía reinar sin los fastos y poco a poco una corte fue apareciendo, más modesta, cierto, pero corte al fin y al cabo. El rey recibía mucho e invitaba a partidarios y a enemigos, al mismo tiempo se esforzaba en borrar cualquier traza del Antiguo Régimen no sin mantener constantes referencias a la tradición borbónica y real, como lo fue la creación del Musée d’Histoire de la France en el antiguo palacio de Versalles. Por otro lado, Louis-Philippe I tuvo cinco hijos y tres hijas, la mayoría de los cuales oscilaban entre los diez y los viente años cuando ascendió al trono, por primera vez, la corte se revistió de un carácter "burgués", pero también familiar y juvenil. La caída de la llamada Monarquía de Julio tuvo ante todo razones más políticas, el rey intervino directamente en los asuntos de gobierno, lastrando su popularidad.

Louis-Philippe I, su familia y el rey Léopold I de Bélgica visitando el museo de Versalles en 1844.
© Photo RMN - Grand Palais.

Ya desde 1848, el presidente de la República, Louis-Napoléon Bonaparte, aspiró a recuperar los fastos del pasado. El presupuesto para la “Casa del Presidente” no paró de crecer de 1848 a 1851 (de 600.000 a 2.5 millones de francos) y Louis-Napoléon se rodeó en el Élysée de un séquito verdaderamente principesco. La corte fue completamente resucitada a partir de 1852 y la llamada fête impériale (los fastos asociados a la promoción del régimen) fueron una característica esencial de la Francia del Segundo Imperio. Las invitaciones a banqueros, industriales, científicos o artistas a los viajes de Compiègne, Fontainebleau o Biarritz; las visitas, inauditas hasta entonces, de soberanos extranjeros o los números viajes (inauditos también) que los soberanos realizaron por el territorio francés otorgaron a la corte una influencia sin parangón.

La corte que más fama tuvo de pompa también fue la más moderna, nunca antes la familia reinante y el soberano habían salido tanto de palacio, nunca se habían visitado tantos hospitales o fábricas, ni tantos puntos del territorio francés y nunca antes se había recibido a tanta gente que no perteneciera a la aristocracia. Sin embargo, la última corte francesa fue criticada por sus excesos, críticas que provinieron tanto de la vieja nobleza como de la oposición republicana, los dos sectores que accedieron al poder en 1870, después de la caída del Segundo Imperio.

El Ayuntamiento de Lyon engalanado durante la visita del Emperador y la Emperatriz en 1869, por Pierre-Ambroise Richebourg.

El incendio de Saint-Cloud y las Tullerías en 1870 y 1871, respectivamente, simbolizaron, por encima de todo, el fin de la experiencia curial en Francia.

“UNA CORTE SIN HERENCIA”

¿Qué queda hoy de la corte del siglo XIX? Quizás más que de la de Versalles en realidad. Los museos franceses están repletos de muebles, boiseries, pinturas, grabados, objets d’art, alfombras, tapices, porcelanas, argenterie, etc, provenientes de la corte, y todo ello producido por los mejores artistas y artesanos franceses del siglo XIX. Asimismo, todos los soberanos de dicho siglo contribuyeron enormemente a la salvaguarda y al embellecimiento de las residencias reales del Antiguo Régimen.

A pesar de la desaparición de las Tullerías y Saint-Cloud, parte del mobiliario y objetos decorativos han llegado hasta nosotros, las piezas más relevantes se encuentran expuestas en el Louvre y, algunas otras, en otros palacios, como el Grand Trianon de Versalles. Un gran número de dichos objetos (incluidos los tejidos), no obstante, están ocultos en los almacenes del Mobilier national (antiguo Gardemeuble de la Couronne o Gardemeuble Impérial según el régimen).

Los documentos conservados en los Archives Nationales son también un patrimonio más que relevante. La serie O (concretamente las subseries O2, O3, O4 y O5, una por cada monarquía) agrupa millares de facturas, informes, cartas y plantas, que retratan como fue el día a día en la Maison du Roi o la Maison de l’Empereur. Tampoco hay que olvidar los archivos de la serie AF (poder ejecutivo) y algunos de los conservados en la serie AP, que agrupa los archivos privados de varias personalidades, entre los que cabría destacar, entre muchos otros, las subseries 176AP (Familia Bonaparte), 300AP (Familia Orléans) o 371AP (duque y duquesa de Berry). Asimismo, una miscelánea de papeles privados y documentos recuperados del palacio de las Tullerías en 1792, 1815, 1830, 1848 y 1870 se agrupan en la subserie AB XIX (archivos entrados por vía extraordinaria).

Por último, y más centrada en el campo de la arquitectura, la serie AJ (archivos diversos) contiene toda la documentación de la Agence d’architecture du Louvre et des Tuileries, instituida en 1848 y clausurada en 1870 para coordinar la ampliación del Louvre y las diversas reformas efectuadas en las Tullerías bajo el Segundo Imperio. El arquitecto Hector Lefuel, que se ganó la fama de ser un hombre extremadamente bien organizado, fue el director de dicha agencia, que dejó tras de sí miles de documentos, diseños, bocetos y plantas, cosa indispensable, ya que los despachos de arquitectura del palacio sufrieron importantes saqueos en 1848.

Planta de los aposentos del Emperador en las Tullerías, 1868.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica.

En el patrimonio documental sobre las últimas corte francesas también deben incluirse la gran cantidad (más que en ninguna otra época) de periódicos, diarios, cartas y memorias escritas por los propios contemporáneos. Algunos de los testimonios fueron escritos “en caliente” por los propios cortesanos, seguramente ante la sensación de que vivían en un mundo a punto de desaparecer, tal es el caso de la memorias de Madame Campan, femme de chambre de la reina Marie-Antoinette, o de la marquesa de Tourzel, gobernanta de sus hijos. A esto hay que sumar las descripciones de emigrados o de viajeros (especialmente nobles ingleses) que visitaron la Francia de la Revolución.

Bajo el Consulado y el Primer Imperio, muchos fueron los que se dieron prisa en publicar sus memorias, especialmente después de 1815, en plena efervescencia de la “leyenda napoleónica”. Relatar tanto las glorias como los aspectos más íntimos de Napoléon, cuando este se encontraba precisamente recluido en Santa Helena, demostró ser receta clave para el éxito literario. Constant, primer valet del Emperador, o la duquesa de Abrantes fueron algunos de los que se apuntaron a esta tendencia. Algunas obras, no obstante, eran más literarias que biográficas. Muchos otros testimonios, sin embargo, prefirieron dejar a sus descendientes la decisión de publicar o no sus memorias,  como por ejemplo las del barón Fain, secretario del Emperador, publicadas en 1908; las de Caulaicourt, gran caballerizo de la corte, que aparecieron en 1930 escondidas en un armario; o el diario del arquitecto Fontaine, solo publicado en 1987.

Respecto a la Restauración Borbónica, una misma idea parece recorrer todos los testimonios del periodo: la necesidad de justificar o excusarse por la Revolución de 1830. El ejemplo más remarcable es el del duque de Doudeauville que publicó sus cartas en las que advertía a Charles X sobre los errores que estaba cometiendo. Solo unos pocos parecen haberse interesado en describir el día a día en la corte, como el guardia de corps Théodore Anne, el vizconde de Reiset o el lector del Rey, Édouard Mennechet. Muchos otros dejaron descripciones de los rituales de corte, percibidos como estrafalarios y anticuados. Lo hizo Fennimore Cooper, en un relato sobre una visita a las Tullerías o Rodolphe Apponyi, sobrino que embajador austríaco que llevó un registro de todos los bailes y recepciones a los que fue invitado de 1826 a 1850.

Invitados llegando al baile "de María Estuardo" celebrado por la duquesa de Berry en las Tullerías, en 1829.

También hubo memorialistas en la Monarquía de Julio, entre los cuales había curtidos supervivientes como la condesa de Boigne, que comenzó sus memorias con Louis XVI o el mariscal napoleónico Boniface de Castellane, que fallecería en 1862, ya bien entrado el Segundo Imperio. Algunos íntimos de la familia real también dejaron escritas sus vivencias, como Cuvillier-Fleury, preceptor del duque de Aumale, o el conde de Montalivet, ministro e intendente de la lista civil, que escribió en 1851 una encendida defensa a la labor del soberano como patrón de las artes. Incluso los propios Orléans nos dejaron testimonios de sus vivencias, tanto Louis-Philippe I como la reina Marie-Amélie o el duque de Orléans llevaban sus diarios personales al día, pero el documento más emotivo seguramente sean los Vieux souvenirs redactados por el príncipe de Joinville e ilustrados por acuarelas de su propia mano.

¿Y qué decir del Segundo Imperio? Una vez más, las memorias y autobiografías pueden contarse por centenas, ya sea de cortesanos “profesionales” o de invitados ocasionales a las famosas séries de Compiègne y Fontainebleau. Sería injusto no citar las obras del conde Horace de Viel-Castel, conservador del Louvre, de la princesa Pauline von Metternich, esposa del embajador austriaco, o del conde Émile Félix Fleury, gran caballerizo de la corte. Asimismo, en 1897, el duque de Conegliano, gran chambelán de la corte, publicó el libro Le Second Empire, la maison de l’Empereur, en el que retrataba el funcionamiento y la organización diaria de la corte imperial. En fechas más recientes, 1978, salieron a la luz por primera vez unos pequeños cuadernitos que la marquesa de Latour Maubourg, dama de compañía de la emperatriz, había escrito narrando su día a  día en la corte. Dichos cuadernos habían permanecido ocultos en los archivos familiares.

El castillo de Saint-Cloud durante el Segundo Imperio.

Finalmente, no deberíamos dejar de citar a la prensa escrita como otra gran fuente. Sin embargo, el hecho que el siglo XIX coincidiera con una época de progresiva libertad de prensa (a veces traducida en feroces críticas contra la corte) y que, con frecuencia, los soberanos recurrieran a la censura y a la propaganda para mejorar su imagen hace que el estudio de las cortes a través del sesgo ideológico de la prensa sea tan apasionante como complicado.
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El resto del libro de Charles-Éloi Vidal, es un pormenorizado, exhaustivo y denso (pero ameno) estudio sobre cada una de las cortes francesas del siglo XIX. Una de esas obras monumentales que hace que nos preguntemos, ¿Por qué nadie ha escrito esto antes? La respuesta sería sencilla: por falta de interés, pero también por una cierta incomodidad y malestar. ¿Porque estudiar un fenómeno cortesano, juzgado anticuado, pudiendo estudiar algo tan tentador como la revolución liberal, o la proletaria, o la artística, mucho más atrayentes para nuestra sociedad? Es innegable que ha habido una cierta sensación de incomodidad entre los historiadores, una sensación desagradable de estar estudiando algo polvoriento parecido a los ganchillos de la abuela.

El glamour de la emperatriz Joséphine es comparable al de Marie-Antoinette, la epopeya de un déspota ilustrado como Napoléon equivale con facilidad a la de Louis XVI y la vida novelesca de la duquesa de Berry no tiene nada que envidiar a la de la Grande Mademoiselle. Sin embargo, con frecuencia, la historiografía sigue prefiriendo hablar de las cortes decimonónicas como algo a punto de morir más que de algo lleno de vida, como de un pueril “retorno al pasado” más que de un fenómeno lleno de modernidad y adaptabilidad. En otras palabras, en un siglo de revoluciones, el fenómeno curial se ha juzgado apresuradamente como una mera “contrarrevolución”, con toda su carga reaccionaria, rancia y anticuada .

El príncipe Ferdinand-Philippe d'Orléans, hijo del rey Louis-Philippe I, pintado por Ingres.

EL TOUR DE ENRIC

Un repaso al resto de estados europeos nos dejaría una sensación parecida, o incluso peor. Solo dos países, Reino Unido y Rusia, parecen ser la excepción. En el primero, la larga época victoriana sin duda se percibe como una edad de oro frente a las cortes provincianas y escandalosas de los primeros Hannover en el XVIII. En Rusia, por otra parte, el drama de la Revolución Rusa ha favorecido el estudio, he incluso la veneración, de la corte imperial en las últimas décadas del siglo XIX.

Austria, dado que antaño fue un imperio multiétnico, sería un caso especial. El mito de Sisi y el largo reinado de Franz-Joseph I han generado una amplia bibliografía. Sin embargo, casi siempre Sisi se aborda desde una perspectiva muy emocional y el emperador desde un punto de vista muy político. Estudios globales sobre la corte austríaca de 1804 a 1918 y su promoción artística podrían contarse con una sola mano. Un ejemplo sintomático es que el castillo de Laxenburg y la Kaiservilla de Bad Ischl carecen aún de una monografía.

La "arcadia de los Habsburgo", el castillo de Laxenburg, en las afueras de Viena.

Por otro lado, la mayoría de los estudios se reducen, en su mayor parte, a Viena y a la actual Austria. En el resto de estados que antaño formaron el Imperio (Chequia, Hungría, Croacia…) el siglo XIX permanece relegado al más profundo de los olvidos, prefiriéndose estudiar el periodo medieval anterior a los Habsburgo. Esto sirve mejor para ensalzar las “glorias nacionales” de los nuevos estados.

En el caso italiano, se ha vivido un ligero despunte a raíz de la celebración, en 2011, de los 150 años de la unidad de Italia (1861). La época del Risorgimento y la monarquía de Vittorio Emanuele II se han visto estudiadas en varias exposiciones y ensayos, sin embargo, las cortes principescas renacentistas y la corte papal barroca siguen copando la mayor parte de la bibliografía. Especialmente desalentador es el caso de los Borbones de Nápoles en el XIX, cuya corte permanece ignorada y sus palacios (Nápoles, Caserta y Portici) apenas estudiados.

Alemania es un caso especial. Los estudios curiales se enfrentan en este país a un doble reto: en primer lugar a la propia imagen negativa que siguen teniendo muchos alemanes de su propia historia, ejemplificado todo ello con la famosa “Tesis de Fischer” o la Sonderweg; y, por otro lado, la gran destrucción de patrimonio que sufrió dicho país durante la última guerra.

Como en el caso francés (Tuileries y Saint-Cloud) es difícil evocar en Alemania las cortes decimonónicas cuando la mayoría de los palacios fueron destruidos durante los bombardeos aliados y/o durante la dictadura comunista. Como consecuencia, por lo general se ha preferido estudiar los siglos XVII-XVIII (la era del barroco) y, más tímidamente, los inicios del XIX (la era de los filósofos), mientras se ha relegado la Unificación y el Segundo Imperio alemán al olvido. La ampulosa, pero no menos importante, pintura “Apoteosis del káiser Wilhelm I” de Ferdinand Keller permanece relegada en una sala de paso de un museo berlinés y en el Neues Palais de Potsdam se prefiere hablar de Friedrich II el Grande (que apenas lo usó) que del káiser Wilhelm II (que lo utilizó como su residencia favorita durante más de dos décadas).

Bautizo del hijo mayor de príncipe Wilhelm de Prusia, en el Neues Palais de Potsdam.

En los últimos años, sin embargo, han aparecido nuevas biografías sobre dicho monarca que ponen en relieve el papel y el poder de la corte, asimismo varios estudios sobre el mecenazgo artístico de soberanos como Friedrich Wilhelm IV o Wilhelm I han puesto en relieve la exuberancia y riqueza de sus cortes. Evidentemente, todos estos estudios aspiran no solo a divulgar la historia del periodo, sino a rememorar todo el patrimonio perdido durante la guerra. Afortunadamente, las recientes restauraciones de castillos decimonónicos como Schwerin, Branitz o Drachenburg auguran un lento redescubrimiento del periodo.

Para concluir ya, no estaría de más hacer referencia al caso español, donde los Habsburgo y los Borbones gozan de un estudio e interés muy desigual. Es difícil rivalizar con la fama legendaria de reyes de medio mundo y mecenas del Siglo de Oro que tiene los soberanos de la Casa de Austria. Los Habsburgo siguen imponiéndose abrumadoramente en la mayoría de estudios e investigaciones, baste citar que apenas se ha escrito nada sobre El Escorial post-filipino. Afortunadamente, poco a poco, los Borbones del siglo XVIII, su reformismo político y sus cortes han ido recuperando el lugar que merecen en la historiografía.

Los Borbones del siglo XIX, no obstante, siguen relegados al ostracismo. La identificación de sus reinados como una sucesión de fracasos políticos ha desplazado su importante labor en cuanto a mecenazgo artístico y motor de transformaciones económicas y sociales. La enorme promoción artística emprendida bajo Fernando VII ha quedado oculta bajo el poco halagüeño análisis político de su reinado, lo mismo podría decirse de su hija y sucesora Isabel II, cuya modernización de los rituales de la corte (fue la primera soberana en invitar a los cortesanos a comer a su mesa) permanece en el olvido. El reinado de Alfonso XII parece demasiado corto para ser estudiado y el de Alfonso XIII sigue identificándose como una mera antesala a los horrores de la Guerra Civil. Sin embargo, su corte fue la última que existió en España y, como las del zar y el káiser, estuvo marcada por una mezcolanza entre tradición y una rabiosa modernidad tecnológica.

Fernando VII llegando en falúa a Aranjuez, por Fernando Brambilla.

La moda de los “baños de mar” en el Cantábrico, impulsada por Isabel II y las estancias de la familia real en el norte apenas han recibido un estudio global. Los palacios de Miramar y La Magdalena carecen de una monografía exhaustiva, ni que decir del palacio de Pedralbes en Barcelona, identificado, más que ningún otro edificio en España, con la decrepitud de la monarquía. Los viajes por el territorio del estado y la función política del ferrocarril, iniciados en el reinado de Isabel II, tampoco han suscitado excesivo interés, como tampoco el uso que se hizo en este siglo de emblemáticas residencias reales “de provincia” como los Reales Alcázares de Sevilla o la Almudaina de Mallorca.

En resumen, tanto en Europa como en nuestro país, aún queda mucho trabajo por hacer.

Venga ¡a investigar!