domingo, 20 de agosto de 2017

El búnker secreto del Emperador

El 13 de octubre de 1868, los habitantes de Edo (actual Tokio) observaron un espectáculo insólito, ante sus ojos transcurría una larga sucesión de samuráis y altos cargos de la corte imperial, en el centro de la procesión un palanquín cerrado transportaba, como si de una reliquia se tratara, al emperador Meiji. Venía a tomar posesión del castillo de Edo.
El Emperador cruzando los fosos y entrando en el castillo de Edo.

Durante más de dos siglos, Japón había sigo gobernado por el shogun (el generalísimo de los ejércitos), mientras que el Emperador, viviendo recluido en el palacio imperial de Kyoto, mantenía una función simbólica. Como dios viviente que era, no podía involucrase en cosas tan mundanas como los asuntos de gobierno.

No obstante, a mediados del siglo XIX, ante el auge del imperialismo europeo, el Japón había tenido que tomar una decisión trascendental, renovarse o morir. El inefectivo gobierno del shogun había sido derrocado, y el Emperador había sido “restaurado” en el poder. Bajo el reinado del emperador Meiji, Japón pasaría de ser un estado que vivía anclado en la Edad Media a una potencia mundial.

A inicios de 1867, las tropas leales al Emperador habían tomado el Castillo de Edo, residencia del shogun Yoshinobu que, ascendido el cargo en 1866, nunca llegó a residir en él. A finales de 1868, como hemos dicho, el emperador abandonó Kyoto para establecerse en Edo, que no en vano era una de las ciudades más populosas del mundo. En ese momento Edo ("Estuario") fue renombrada Tokio (“Capital del este”).
Otra representación de la llegada del Emperador.

El castillo de Edo era en esa época un enorme complejo de edificios rodeado por altísimos muros y fosos rellenos de agua. Como todos los castillos del país había crecido de forma concéntrica y laberíntica. Había dos partes claramente diferenciadas: el Honmaru, que era la residencia del shogun y el Nishinomaru, que era la residencia del “shogun retirado”. Imitando a los emperadores, los shogunes también podían dimitir de su cargo y “retirarse”, aunque ello no significaba necesariamente perder el poder.

Pocos años antes de la caída del gobierno del shogun, el Honmaru había sido pasto de las llamas, así que el recién llegado emperador Meiji, su familia y su corte se instalaron como pudieron en el Nishinomaru, que a su vez, también quedó reducido a cenizas en 1873.

Fue entonces cuando se decidió construir un palacio completamente nuevo, terminado en 1888. El exterior seguía la arquitectura tradicional japonesa, pero el interior buscaba un mix con la decoración occidental de aire victoriano.
El Salón del Trono en el Palacio Imperial.
El Salón de Banquetes en el Palacio Imperial.

La distribución del palacio era la típica de los palacios de Oriente Lejano organizados a través de patios y pabellones. Una puerta monumental daba acceso al patio principal, al fondo del cual se situaba el pabellón más importante, el Salón del Trono. Detrás de éste, había más salas de recepciones y banquetes y más allá las estancias privadas del Emperador y su familia. Anexo a esta área privada también había el santuario que guardaba “Los Tres Tesoros Sagrados” (las joyas de la corona japonesas).

En el palacio Meiji, oficialmente llamado “el Castillo-Palacio” (Kyūjō), se desarrollaron algunos de los hechos históricos más emblemáticos del Japón moderno, como la promulgación de la primera constitución del país en febrero de 1889.
El emperador Meiji promulgando la Constitución en el Salón del Trono.
Fotografía del Salón del Trono.

El devenir del palacio siguió inalterable hasta, como es lógico suponer, el estallido de la guerra durante el reinado del emperador Showa. En este caso, no de la Segunda Guerra Mundial, sino de la guerra con la vecina República de China (la Segunda Guerra sino-japonesa).

Ante la posibilidad de un bombardeo se preparó un búnker situado en el sótano del único edificio de piedra del complejo, la sede del Ministerio de la Corte Imperial. El búnker fue terminado en 1936, al mismo tiempo que la reforma del edificio. A pesar de tener puertas blindadas de acero, este primer búnker pronto demostró ser demasiado pequeño e inadecuado para soportar bombas de gran tonelaje.
El antiguo Ministerio de la Corte Imperial construido a finales del siglo XIX.

La actual Agencia de la Casa Imperial reformada en 1936.

En 1941, se decidió construir otro edificio medio escondido en los jardines de palacio. En un principio tenía que servir para guardar la biblioteca del Emperador y los “Tres Tesoros Sagrados”, por lo que fue conocido oficialmente como la “Biblioteca de Su Majestad”.

El nuevo edificio era una estructura de hormigón plana con un techo de 3 metros de espesor capaz de soportar bombas de una tonelada. Tenía una planta baja con los aposentos del Emperador y la Emperatriz y dos plantas subterráneas.
La "Biblioteca de Su Majestad".

Plano del área del Palacio Imperial con los principales edificios descritos en el post.


Sin embargo, pronto los bombardeos sobre la capital empeoraron. En marzo de 1945, tuvo lugar el llamado Bombardeo Incendiario de Tokio, fue uno de los más mortíferos (junto con el de Dresde) de la guerra y destruyó casi una cuarta parte de la ciudad.

En mayo del mismo año, el propio palacio fue víctima de los bombardeos, quedando reducido a un montón de madera calcinada.

Ante la negativa del Emperador a abandonar la capital, fue necesario erigir otro búnker más resistente, esta vez debajo de una colina al norte de los jardines. El “Anexo a la Biblioteca de Su Majestad”, como se le llamó, era capaz de soportar bombas de 50 toneladas. Un corredor subterráneo lo comunicaba con la “Biblioteca de Su Majestad”.

El interior de la "Sala de Conferencias".

Este nuevo búnker saltaría a las páginas de la historia en agosto de 1945. Después que Japón expiara sus pecados con las dos bombas atómicas, el emperador Showa reunió al Consejo de la Corona para anunciarles su intención de iniciar conversaciones de paz con los Aliados. Impecablemente vestido con su uniforme de gala e inmaculados guantes blancos, el Emperador tuvo que secarse en varias ocasiones las lágrimas que caían mejilla abajo. La noche del 13 o 14 de agosto, en la sala de conferencias del “Anexo”, el Emperador gravó su famoso discurso “Rescripto Imperial para la Finalización de la Guerra”. El discurso tuvo que ser regrabado porque con el ruido ambiental no se oía nada.
El Emperador reunido con el Consejo de la Corona.

Recreación de la grabación del discurso en la película The Emperor in August (2015).

La noche del 14 de agosto, sin embargo, un grupo de oficiales desafectos del Ejército Imperial intentó tomar el palacio imperial y encontrar y destruir las grabaciones del discurso. El llamado “Golpe del Kyūjō” fracasó cuando los oficiales golpistas no lograron encontrar las grabaciones después de registrar un palacio a oscuras debido a los apagones. Se dice que la grabación fue escondida en un cesto de la ropa sucia o en los propios aposentos privados de la Emperatriz, en los que nadie osó entrar.

El 15 de agosto de 1945, hacia la medianoche, el discurso fue emitido por la NHK (la radio estatal japonesa), era la primera vez que el pueblo del Japón oía la voz del “dios viviente”. No obstante, dada la formalidad del discurso y el hecho que el Emperador hablaba en un japonés muy clásico, la cadena tuvo que emitir una aclaración al final del discurso para especificar que, en efecto, se trataba de una rendición incondicional.

"Yo, el Emperador, después de reflexionar profundamente sobre la situación mundial y el estado actual del Imperio japonés, he decidido adoptar como solución a la presente situación una medida extraordinaria.[…] He ordenado al Gobierno del Imperio que comunique […] la aceptación de la Declaración conjunta [de Potsdam].[…] el enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente incalculable. Por eso, si continuamos esta situación, la guerra al final no sólo supondrá la aniquilación de la nación japonesa, sino también, la destrucción total de la propia civilización humana.[…] Soy consciente de los sacrificios y sufrimientos que tendrá que soportar el Imperio […] Sin embargo, […] quiero, aun soportando lo insoportable y padeciendo lo insufrible, abrir un camino hacia la paz duradera para todas las generaciones futuras.[…] Poned en práctica, según lo he dicho, mi voluntad."

El 2 de setiembre, el Japón firmó la capitulación.

Tras la guerra, el Emperador y su familia siguieron viviendo en la “Biblioteca de Su Majestad”, asimismo, por orden imperial, “el Anexo” fue clausurado.

En los años 60, un nuevo pabellón para la familia imperial fue erigido al lado de la biblioteca, en la misma década se construyó el nuevo Palacio Imperial, destinado a recepciones.
La antigua "Biblioteca de Su Majestad" (arriba) y el nuevo pabellón (debajo), actualmente la residencia de la Emperatriz Madre.


Solo en 2015, tras más de medio siglo, el “Anexo” fue abierto y la Agencia de la Casa Imperial publicó fotos de su interior. El mundo descubrió entonces una reliquia de una de las épocas más oscuras de la historia del Japón.
Entrada al "Anexo".

La "Sala de Conferencias" donde el Emperador gravó el discurso sobre la rendición del Japón.


domingo, 16 de julio de 2017

Una amistad imposible: ¿cuándo puede venir el Emperador?

En el post anterior hablamos de las visitas que el zar Nicolás II hizo a Francia, muchos oros, oropeles y cordialidades que también implicaban, no hay que olvidarlo, una alianza militar.

Este post será un poco más bronco. ¿Habría sido posible una visita, como la que hizo el zar Nicolás II, por parte del emperador Wilhelm II de Alemania?

El 18 de enero de 1871, el Imperio Alemán fue proclamado en la Galerie des Glaces de Versalles. Se erigió un trono en el lado opuesto donde antaño Louis XIV había situado su trono de plata maciza y, en una ceremonia corta y un tanto desangelada, el rey de Prusia fue nombrado “Emperador alemán”. Los franceses nunca perdonarían esa profanación del templo de las glorias francesas. Tampoco perdonarían el Tratado de Fráncfort, que establecía las indemnizaciones que tuvieron que pagar, además de la cesión de las provincias de Alsacia y Lorena a Alemania.
La "Proclamación del Imperio alemán", pintada por Anton von Werner en 1877.
La primera de las cuatro pinturas del mismo autor que representaban este evento.

La primera versión fue pintada para la galería del Stadtschloss de Berlín.
Ni el edificio ni la pintura sobrevivieron a la guerra.

El Segundo Imperio francés había sido barrido en el verano de 1870, Napoléon III se había rendido en Sedán y dos días después de emperatriz Eugènie había huido de las Tullerías rumbo a Londres. El nuevo gobierno republicano francés emergía tambaleante de una clamorosa derrota. Las amenazas internas (la Comuna de París o el Conde Chambord) no eran comparables a la humillación que había sufrido.

El nuevo emperador alemán, Wilhelm I,  hubiera preferido la restauración de la monarquía francesa, sin embargo, Bismarck consideró que un régimen republicano sería más manejable.

La Tercera República francesa tenía prisa por hacerse respetar entre sus socios europeos, no se trataba solo de recuperar su prestigio internacional, sino de apuntalar a una república faltada de glorias. Un papel importante iban a jugar las visitas de estado. A finales del siglo XIX, las visitas se rodeaban de un pompa más que considerable: uniformes militares coloridos, bailes y cenas de gala, presentación de embajadores, ópera y ballet, fachadas iluminadas en las calles y fuegos de artificio...En otras palabras, una exhibición de las glorias nacionales.

Pero en la década inmediata a 1870, Francia iba perdiendo la guerra de visitas de estado. Algo que se interpretaba como una muestra de su aislamiento internacional. En 1873, el Sha de Persia visitó París y fue agasajado con una parada militar de 80.000 soldados. En Berlín, sin embargo, se festejó a los emperadores de Rusia y de Austria en 1872, al Sha de Persia en 1873, al Rey de Holanda en 1874 y al Rey de Suecia en 1875.
El sha Naser al-Din de Persia visitando París en 1873.
© Bibliothèque nationale de France / BNF

La debacle para la Tercera República francesa alcanzó su punto más bajo en 1883. Ese año, Alfonso XII de España realizó dos visitas, una a Berlín y otra a París. El Gobierno francés pensó que era la oportunidad perfecta para marcarse un tanto. Pero nada salió como se esperaba. En Berlín, el soberano español fue nombrado comandante honorario de los regimientos de hulanos alsacianos. En Francia, esto se tomó como una afrenta, ya que Alsacia había tenido que ser cedida a Alemania a causa de la guerra de 1870. A su llegada a París, Alfonso XII fue recibido por una multitud furiosa que lo abucheó con gritos de "A bas l'hulan!" durante todo el trayecto en carruaje desde la estación hasta la embajada.

El presidente Jules Grévy, acérrimo republicano que deseaba la consolidación del régimen, hizo lo posible por calmar los ánimos, pero el monarca español decidió partir el día siguiente. Era la primera vez que un soberano europeo visitaba París de forma oficial y el resultado había sido un auténtico desastre.

Los años 90 fueron mucho más exitosos para Francia, gracias al acercamiento con Rusia (cuyas relaciones se había enfriado con Alemania). El régimen republicano francés fue capaz de exhibir todos los fastos y la legitimación a los que aspiraba, así como de romper su aislamiento internacional. La visita de Nicolás II a París en 1896 o la de Félix Faure a San Petersburgo en 1897 fueron un auténtico triunfo. Francia había sido capaz de demostrar lo bien que podía ser recibido un “allié de la République”.

La prensa francesa describió estas visitas como si de una auténtica victoria militar contra Alemania se tratara. Ponían fin a “la puissance dictatoriale que l’Allemagne” o eran un “coup de pied a Guillaume”.

En los primeros años del siglo XX, Francia y Alemania llevaron a cabo una lucha encarnizada de visitas de estado. En 1900, Franz-Joseph de Austria visitó Berlín y el presidente francés Émile Loubet argumentó que como contrapeso sería importante que el Zar volviera a París para inaugurar el Pont Alexandre III durante la Exposición Universal. Pero el Zar no fue por temor a un atentado terrorista.

El año siguiente, sin embargo, los soberanos rusos sí que fueron a una revista naval a Danzig, invitados por el Káiser. El Gobierno francés se apresuró a invitarlos a una revista militar a Compiègne. Situaciones similares ocurrieron con Reino Unido e Italia, países con los que tanto Francia como Alemania tenían estrechas relaciones.

El caso italiano fue especialmente rocambolesco, hasta rozar lo ridículo. A pesar de ser miembro de la Triple Alianza (Alemania, Austria e Italia), Italia mantenía excelentes relaciones con Francia. En 1903, la Familia Real italiana visitó París y el gobierno alemán advirtió al ministro de asuntos exteriores italiano que esto no podía significar un aflojamiento de la Triple Alianza. El año siguiente, el presidente Loubet visitó Roma y poco después el káiser Wilhelm II viajó a Nápoles. Hubo largos debates sobre los discursos de los brindis, los franceses se quejaron porque la expresión “amistad con Francia” era demasiado vaga, hubieran preferido “alianza con Francia”. Los alemanes, por su parte, insistieron en que la Triple Alianza era la única alianza que podía ser nombrada.

Obviamente, esta rivalidad solía poner en situaciones francamente incómodas a otros gobiernos europeos. En 1905, el nuevo rey de España, Alfonso XIII, se disponía a hacer una doble visita a París y a Berlín. Los alemanes presionaron al gobierno español para que el rey no fuera a París, recordándoles la pésima acogida que Alfonso XII había tenido en 1883. Los franceses, por su parte, precisaron que la mala acogida había sido porque Alfonso XII fue antes a Berlín, por lo tanto Alfonso XIII debía evitar ir a Berlín.

Al final, Alfonso XIII visitó ambas ciudades con varios meses de separación. Solo cupo destacar un incidente, en París un anarquista lanzó una bomba sobre la calesa en la que viajaban el rey y el presidente Loubet.

Nunca hay que olvidar, cuanto contribuya la prensa de cada país en meter leña al fuego de la discordia. Cada pequeño detalle durante las visitas de estado era con frecuencia sacado de contexto y considerado un triunfo o una afrenta. Durante la Segunda Crisis de Marruecos (1911), el embajador francés en Berlín, Jules Cambon, hablaba en los siguientes términos de la prensa francesa:

"Me gustaría que esos franceses cuya profesión es crear o representar una opinión fueran capaces de refrenarse y de no jugar con fuego hablando de una guerra inevitable. No hay nada inevitable en este mundo." 

En medio de todo este ambiente enrarecido, volvemos a la pregunta inicial: ¿se habría podido desarrollar una visita del soberano alemán a París?

Cuando el nuevo emperador alemán Wilhelm II subió el trono en 1888, se esforzó sobretodo en dos cosas: la primera en recordar que Alemania siempre perseguiría la paz y el entendimiento con otras naciones y, la segunda, en hacer un extenso tour europeo para dar a conocer sus intenciones. Con el tiempo, la afición del emperador por viajar le valdría del apodo de “Reisen Kaiser” (el emperador viajero). Naturalmente, este tour inicial no incluía Francia.
El Káiser y su familia visitando Mesina, hacia 1898?

El emperador Franz Joseph I de Austria (izquierda) recibiendo al emperador Wilhelm II de Alemania (derecha) en una estación de Viena, en 1910.

El emperador alemán y el archiduque Franz Ferdinand de Austria visitando las Islas Brioni en 1912.

En 1891, sin embargo, la emperatriz madre Victoria decidió hacer una visita estrictamente privada a la capital francesa. Victoria ya había visitado en varias ocasiones París, siempre de forma privada. Como era uno de los miembros más populares de la Familia Imperial alemana, se pensó que su visita podría ser útil de cara a un acercamiento entre ambas naciones. La emperatriz madre fue afectuosamente recibida por la población parisina, pero la prensa cada vez se mostró más hostil hacia su presencia y su visita a Versalles fue considerada como una afrenta. Poco a poco, las críticas contra Victoria, que siempre se mostraba amable e interesada en la cultura francesa, fueron aumentando de tono. El embajador alemán recomendó acortar la visita por temor a incidentes graves.

Desde 1888, tres embajadores alemanes tuvieron la ardua tarea de congraciarse y calmar los ánimos del gobierno y el pueblo francés. El primero, el Conde Münster zu Derneburg era un anciano de trato afable que aspiraba a fomentar una relación pacífica entre ambos estados. El segundo, el Príncipe von Radolin fue conocido por ser un bon vivant que daba fastuosas recepciones en la embajada, con asistencia incluida de lo más granado de la aristocracia francesa. El último, el Barón von Schoen, fue descrito como un diplomático atormentado ante la titánica tarea que recaía en sus manos, el estallido de la guerra parece que le vino completamente por sorpresa.
La entrada al Hôtel de Beauharnais, la embajada alemana, presenta uno de los pocos ejemplos del goût égyptien,
muy en boga durante la época napoleónica.

Recepción en la embajada durante el Segundo Imperio.
Si Wilhelm II aspiraba a ser “el emperador de la paz”, tenía una asignatura pendiente, lograr un acercamiento con Francia. Una visita de estado podía ser un elemento clave, incluso milagroso. Veámoslo.

De 1899 a 1902, se produjo en la actual Suráfrica la Segunda Guerra de los Bóeres. Tropas británicas ocuparon las dos repúblicas independientes de Orange y Transvaal, habitadas por colonos holandeses, en las que recientemente se había descubierto oro. Los británicos incendiaron granjas y cosechas, envenenaron pozos de agua e inventaron los “campos de concentración”. En Europa, el sentimiento antibritánico creció como la espuma.

En 1903, se programó la visita oficial del soberano inglés, Edward VII, a París. La hostilidad de los franceses hacia el soberano británico era patente, fue recibido con vivas a la república y a los bóeres. Pero al final, el viaje fue un éxito. Edward VII se mostró afectuoso y amable en todo momento, hablando siempre en un perfecto francés. A su partida los franceses gritaban “Vive le Roi!”. El viaje sentó las bases de la futura Entente Cordiale.

¿No sería posible que ocurriera lo mismo con el káiser Wilhelm II?

Había un problema crucial, mientras el soberano británico era afable y tenía don de gentes, el alemán era conocido por hablar sin parar y por su tendencia a los exabruptos poco diplomáticos. Ambos se detestaban mutuamente y, según la Infanta Eulalia, “difícilmente lo disimulaban en público”. Edward VII consideraba a Wilhelm II "errático" y, a su vez, el Káiser decía que el soberano inglés era de “baja talla moral”. En el fondo, el origen de todo radicaba en la reina Victoria, que consideraba a su propio hijo un bala perdida que con frecuencia se relacionaba con personajes de dudosa reputación, como prostitutas parisinas o timadores profesionales. Al mismo tiempo alababa con frecuencia al Káiser.
El suntuoso dormitorio "estilo imperio" de la embajada que el Káiser jamás llegó a usar.
© Empire Style: The Hôtel de Beauharnais in Paris.

La exitosa visita de 1903, dejó al Káiser verde de envidia, ¿acaso no podía aspirar él a un éxito diplomático parecido? ¿Todos los monarcas europeos podían visitar París menos él? Lo que no debió saber es que el soberano británico le había “allanado” el camino advirtiendo al ministro de exteriores francés de las intenciones “dementes y malintencionadas” del soberano alemán.

A la espera de que ocurriera la eventual, pero poco probable, visita, la embajada alemana en París, situada en el Hôtel de Beauharnais, se había ido preparando. El Príncipe von Radolin, gran amante del arte, había promovido una renovación completa del edificio, y en especial de sus interiores. No deja de ser curioso que a pesar de las tormentosas relaciones entre Francia y Alemania, el Hôtel de Beauharnais sea uno de los conjuntos mejor conservados de decoración estilo Imperio de París. En una antecámara se erigió un nuevo dosel para el trono y un inmenso retrato del Káiser. La obra, pomposa y grandilocuente, buscaba imitar los grandes retratos barrocos franceses. Radolin dijo que “la mayoría de los invitados contemplaban el retrato llenos de admiración”. El general Gallifet, ministro de la armada francesa, dijo, sin embargo, que el retrato era como “un declaración de guerra”.
La sala del trono provisional en la embajada, hacia 1900.
El trono aparece vuelto hacia la pared, siguiendo la etiqueta de los prelados romanos.

El trono de la Embajada de Imperio alemán en París. Actualmente conservado en Versalles.
© Château de Versailles, Dist. RMN / © Jean-Marc Manaï

El retrato del emperador Wilhelm II pintado por Max Koner en 1904.
El retrato original (izquierda) no se conserva, en México existe otra versión del mismo (derecha).

Plantear la visita del Káiser generaba una profunda hostilidad entre la derecha más nacionalista francesa. Paul Déroulède, líder de la Ligue des Patriotes, se exclamaba en los siguientes términos:

“No, Wilhelm no vendrá a París; si lo hace le tiraremos al agua con su coche.” [Berliner Tageblatt / 27-02-1898]

Su colega, el célebre escritor Maurice Barrès lo hacía en términos parecidos:

“El emperador Wilhelm no puede venir a París sin ser lapidado. Sería deplorable que lo fuera, pero igualmente que no lo fuera. […] Cierto que el abuelo del emperador vino a París sin invitación [durante la Guerra franco-prusiana], pero este no es el caso.” [Gaulois / 28-05-1897]

En 1905, durante la Primera Crisis de Marruecos, el Príncipe von Donnesmarck, amigo personal del emperador, fue enviado a París, con un mensaje claro. Los alemanes no querían colonias en Marruecos, sólo la dimisión del ministro de exteriores Delcassé y que el Káiser fuera recibido en París y que se le otorgara la Légion d’honneur como a los otros soberanos

Sin embargo, para el gobierno francés había un elemento insalvable: Alsacia y Lorena. Ello no solo dificultaba una visita del emperador a París, sino, de hecho, el entendimiento entre ambas naciones.

En el semanario Le Soleil, un artículo resumía la cuestión en febrero de 1891:

“Se imaginan al emperador Wilhelm II cruzando, acompañado del Presidente de la República, de nuestros ministros y de nuestros generales, la Plaza de la Concordia. ¿Pasando delante de la estatua de la ciudad de Estrasburgo? [cubierta con un crespón negro desde 1870]. ¿Qué sentiría la población parisina si asistiera a un tamaño espectáculo?” [Le Soleil / 24-02-1891]

El presidente Émile Loubet iba más lejos, según él, la intención de la visita era:

“hacer que consintamos la expoliación del Tratado de Frankfurt, hacérnoslo ratificar como algo justo y definitivo.” [Combarieu - Seps ans à l'Élysée]

En la primavera de 1914, ocurrió el caso contrario. El primer ministro francés Aristide Briand se propuso visitar Berlín. Varios miembros del gobierno francés se alarmaron sobremanera. El presidente Raymond Poincaré, acérrimo nacionalista, temió que la visita se interpretara como un acercamiento a Alemania y que Rusia se pudiera sentir ofendida. El embajador francés en San Petersburgo, Maurice Paleològue, describió la situación con su característica prosa novelesca:

“Siempre es el mismo juego. El emperador colmará a M. Briand de halagos y flores, le jurará que su deseo más ardiente, su único sueño es obtener la amistad y el amor de Francia. Mostrara a los franceses y a Europa la imagen de un soberano pacifico, conciliante y magnánimo. […] En realidad, la diplomacia alemana mantendrá contra nosotros sus pérfidas maniobras, sus tácticas insolentes y sus provocaciones.” [Paleològue - Journal]

Así, en ese año crucial, el viaje de Briand fue finalmente anulado.
El "Salón azul" en las Königskammern del Stadtschloss de Berlín.
Estos aposentos, destinados a los jefes de estado extranjeros, nunca fueron utilizados por un mandatario francés.

El comedor principal en las Königskammern del Stadtschloss de Berlín.
Dichos aposentos, al igual que el castillo en sí, fueron destruidos durante los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Las ruinas fueron dinamitadas por el gobierno comunista en 1950.
© Architectura Pro Homine / Kaiser Karl

La importancia de estas visitas no debe subestimarse. En una época sin los medios de comunicación tan inmediatos y donde la diplomacia estaba en manos de reducidas élites no electas, las alianzas o el entendimiento podían cimentarse sobre exitosas visitas de estado. El hecho que el emperador alemán no llegara nunca a visitar París es sintomático de las envenenadas relaciones que mantenían ambos países.

No deja de ser curioso que, en cierto modo, el fin de la paz en Europa coincidiera con una visita de estado. A finales de julio, el presidente francés Poincaré visitó al zar Nicolás II en San Petersburgo.
El presidente Poincaré y el zar Nicolás II hablando abordo del yate imperial Standart.

Oficialmente era una visita programada hacía tiempo, los temas sobre los que discutirían también. Extraoficialmente, Poincaré esperaba convencer a los rusos de que había que tener “fermeté” contra Austria, que quería enviar un ultimátum a Serbia. A muchos miembros del séquito francés y ruso les sorprendió la ligereza con la que Poincaré y Paleològue hablaban de guerra. Del mismo modo, las grandes duquesas Militza y Anastasia de Montenegro amenizaron la visita con sus visiones proféticas sobre una Austria destruida y un Berlín ocupado. El primer ministro René Viviani, que favorecía una aproximación menos belicista, tuvo una crisis nerviosa seguida de una depresión durante el viaje.

El 4 de agosto de 1914, los franceses se levantaron con la noticia de la declaración de guerra de Alemania y la partida de su embajador. La primera página de Le Figaro acompañó la noticia con dos otras noticias sobre la “barbarie alemana” (un fusilamiento y un bombardeo). Luego demostraron ser falsas.

El embajador von Schoen había abandonado París el día anterior, sobre las diez de la noche, para evitar incidentes. Un tren especial de seis vagones había llevado a todo el personal de la embajada y del consulado hasta la frontera. Antes de partir, el embajador envió una escueta nota al primer ministro Viviani:

“Éste es el suicidio de Europa.”

jueves, 6 de julio de 2017

Una amistad improbable: el Zar y la República en Versalles.


Hace exactamente 300 años que se produjo la visita del zar Pedro I de Rusia al palacio de Versalles, se trataba de la primera vez que un soberano de la lejana (y atrasada, en ese momento) Rusia visitaba uno de los centros neurálgicos de la civilización occidental, pero no sería la única.

En este post hablaremos precisamente de la visita que hizo, en 1896, el último monarca ruso, el zar Nicolás II, al templo de la monarquía absoluta francesa.

Desde el reinado del zar Alejandro III, se había forjado una estrecha alianza entre dos estados a priori opuestos: la República francesa, emblema del republicanismo laico, y el Imperio ruso, símbolo del absolutismo autócrata. La realpolitik había convertido a estos dos estados en extraños compañeros de viaje, la Alianza franco-rusa permitía controlar la creciente influencia alemana en Centroeuropa y unir fuerzas frente al expansionismo colonial británico.

En el verano de 1891, lo imposible ocurrió, una escuadra militar francesa visitó San Petersburgo y en la recepción oficial se tocó por primera vez “La Marsellesa”, himno revolucionario que hasta entonces había estado prohibido en Rusia.

Tres años después, en noviembre de 1894, el emperador Alejandro III fue sucedido por su hijo, Nicolás II, que, en mayo de 1896 (después del luto prescrito), fue coronado “Emperador y Autócrata de todas las Rusias por Gracia de Dios”. Precisamente durante las fiestas populares de la coronación ocurrió una avalancha humana en el Campo de Khodynka, en las afueras de Moscú. Más de mil personas fallecieron.

La siguiente noche, el embajador francés, el conde de Montbello, daba una gran recepción para agasajar a los recién coronados. Se habían traído desde los mejores museos franceses tapices, muebles y platería, y más de cien mil rosas habían llegado desde la Riviera francesa en vagones de tren refrigerados. Sin embargo, la Familia Imperial se encontraba dividida: el Zar y la Zarina no querían asistir por respeto a los fallecidos, pero los tíos del Zar argumentaban que la alianza francesa era fundamental. Al final, el baile se celebró como si nada hubiera pasado, y todos los asistentes brindaron con el mejor champagne francés por la alianza franco-rusa. Las consecuencias de este faux pas las dejamos para otro post.
La "Unción del zar Nicolás II" según el pintor Valentin Serov (1897).

Una vez pasadas las agotadoras ceremonias de coronación tocaba el no menos agotador “tour de la coronación”. Los nuevos soberanos viajarían por Europa para darse a conocer: visitarían al emperador Franz-Joseph de Austria, al káiser Wilhelm II de Alemania y a los abuelos de Zar en Dinamarca, el rey Christian IX y la reina Louise de Hesse-Kassel. En Dinamarca recogerían el nuevo yate imperial, el Standart, y viajarían hasta Escocia para ver a la abuela de Zarina, la reina Victoria.
El Zar y la Zarina junto a su primer hija, la gran duquesa Olga.

La pareja imperial visitando a la reina Victoria y al príncipe de Gales en Balmoral.

El broche final al tour sería, por supuesto, una visita a Francia. La primera que un soberano ruso realizaba en 50 años.

El 5 de octubre de 1896, hacia el mediodía, con el mar embravecido, el cielo plomizo y bajo una ligera llovizna el Zar y la Zarina desembarcaron en Cherbourg, donde fueron recibidos por el presidente Félix Faure. Después de las revistas militares, las presentaciones y los banquetes de gala de rigor el cortejo partió al anochecer hacia París.

No deja de ser curioso que un régimen como la Tercera República francesa, que tan antimonárquica se había mostrado en las dos últimas décadas, recibiera con tanto primor y suntuosidad al monarca ruso, que a su llegada a Paris fue recibido con vítores y “Vive l’Empereur!”, exclamaciones que no se habían oído desde que Napoléon III partió hacia el frente en el verano de 1870.
La llegada a la Gare du Ranelagh en Paris.

Multitudes agolpadas para ver al Zar y a la Zarina rodeando el Arc de Triomphe.

En París, a la pareja imperial le esperaba una agenda realmente apretada.

El Zar, la Zarina y la Gran Duquesa Olga (que tenía menos de un año) se alojaron en el Hôtel d’Estrés, la embajada rusa.  Allí tuvieron lugar las audiencias a Mme Carnot, viuda de asesinado presidente Sadi Carnot, al arzobispo de París, al Nuncio Apostólico y al cuerpo diplomático. Luego, almuerzo con lo más granado de la realeza y aristocracia francesa: el duque de Chartres, el duque de Aumale, la princesa Mathilde Bonaparte, el duque de Rohan, el duque de Luynes, el duque de Doudeauville, la duquesa de Uzès y el mariscal de Mac-Mahon, entre otros. Por la noche una cena, un poco más desangelada, ofrecida al presidente de la República.
El Salón del Trono en la embajada rusa, en la actualidad.
© Wikipedia/Chatsam

El Salón del Trono en la embajada rusa, en 1896.

Los tronos de las embajadas rusa (delante) y alemana (detrás).
Ambos convertidos en objetos inútiles después de la Primera Guerra Mundial.

Parada obligada, el Zar asistiendo a misa en la catedral ortodoxa de Alejandro Nevski.

La sucesión de visitas fue particularmente intensa. El primer día, al mediodía, misa solemne en la iglesia ortodoxa de París, la catedral de Alejandro Nevski. Por la tarde, en el Palacio del Élysée, la presentación de los parlamentarios franceses y altos cargos del gobierno y el ejército, por la noche cena de gala oficial de 225 cubiertos. A continuación, el Zar, fatigado, declinó asistir a los fuegos artificiales en el Champ de Mars. Los soberanos y el presidente partieron directamente a representación en la ópera, que finalmente también fue abreviada.
La berlina de gala de la Presidencia de la República, usada para asistir a las representaciones en la Opéra y la Cómedie-Française. Fue encargada en 1896 a Ehrler, antiguo carrosier de Napoléon III.
© RMN-Grand Palais (domaine de Compiègne) / Daniel Arnaudet

El día siguiente, visita matinal a Notre-Dame y luego a la Sainte-Chapelle y al Palacio de Justicia, con recepción a los altos cargos del poder judicial incluida. A continuación un tour por el Panteón, templo a las glorias republicanas francesas, con una parada especialmente emotiva a en la tumba del asesinado presidente Sadi Carnot. Para concluir la mañana, visita a Les Invalides y a la tumba de Napoléon I, que invadió Rusia bajo el reinado de Alejandro I, bisabuelo de Nicolás II. Almuerzo en el antiguo refectorio de la institución.

A las tres y pico de la tarde, con retraso según lo previsto, llegó uno de los puntos culminantes del viaje de estado: la colocación, en medio de una flotilla de yates y barcazas en el Sena, de la primera piedra del Pont Alexandre III, emblema pétreo de la alianza.

Por la tarde, visita a La Monnaie (la Casa de la Moneda), con intercambio de medallas y monedas conmemorativas incluido. Una vez partidos los soberanos y el presidente, se invitó a los trabajadores de la institución a tomar champán. A continuación, la Academie française, la presentación de los académicos, las disquisiciones sobre la visita de Pedro I el Grande en 1717 y la lectura de poesía. Pasadas las cinco, el cortejo se volvió a poner en marcha hacia el Hôtel de Ville (ayuntamiento), donde se presentaron el consejo municipal y tuvo lugar un concierto. Por la noche hubo representación teatral en la Cómedie-Française con fragmentos de obras de Musset, Corneille y Molière.
La colocación de la primera piedra del Pont Alexandre III.
"La colocación de la primera piedra el 7 de octubre de 1896" por Alfred Roll (1899).
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) / Gérard Blot


Llegada al Hôtel de Ville de Paris.

La mañana del tercer día empezó con la visita al Louvre. Paradas obligatorias fueron la Victoria de Samotracia, la Venus de Milo, los restos de las Joyas de la Corona (vendidas en 1886) y la interminable colección de pintura. Todo ello en menos de hora y cuarto, no había tiempo, había que partir, por la tarde tocaba visita a Versalles. Entremedias una visita relámpago a la célebre manufactura de porcelana de Sévres y a su museo, el tiempo previsto era 25 minutos, se alargó más de una hora.

A la cuatro y media llegaban los soberanos rusos y el presidente al palacio de Versalles. Como era tarde, se decidió empezar por la visita a los jardines en calesa. Los solitarios parterres y avenidas, en medio del crepúsculo otoñal ofrecían una imagen particularmente melancólica de las pasadas glorias de la monarquía francesa. Parada excepcional en la Fontaine de Neptune donde fueron encendidos los surtidores.
La pareja imperial y el presidente rumbo a Versailles, detrás, las cascadas monumentales del Parque de Saint-Cloud.
Las ruinas del palacio habían sido demolidas hacía apenas cinco años. 

Entrada de la calesa presidencial a la cour d'honneur del palacio de Versalles.

Acto seguido, visita al interior del palacio empezando por los Aposentos de la Reina y en especial los petits cabinets de Marie-Antoinette, soberana por la que la Zarina sentía una viva curiosidad. A continuación recorrido por la Galerie des Glaces y los Grands Appartements hasta la capilla, luego vuelta hacia la galería para ver la puesta de sol desde el balcón central. Los soberanos quedaron particularmente impresionados por los estanques y los parterres teñidos del rojo crepuscular.

Para que reposaran brevemente, al Zar y a la Zarina se les preparó algunas estancias en el antiguo appartement privé (aposentos privados) de Louis XV y Louis XVI: el boudoir de la Zarina en el dormitorio de Louis XVI, el salón de recepción en el llamado Cabinet de la Pendule, el gabinete del Zar en el antiguo gabinete privado del rey y el tocador del Zar en el gabinete de la princesa Adélaïde. Todas las estancias fueron reamuebladas con una mezcla de muebles antiguos y modernos de procedencia real y con una remarcable profusión de flores.
El boudoir de la Zarina decorado con tapicerías de los Gobelins,
la célebre sillería neorrococó del Duque de Nemours y una psyché de la emperatriz Eugènie.

El Salón de recepción en el antiguo Cabinet de la Pendule.

El reposo duró hasta las siete y media, cuando todo el mundo se reunió en la Galerie des Batailles para la cena. La suntuosa galería, construida bajo Louis-Philippe I para glorificar la historia militar francesa (y a él mismo) había sido dividida en dos. La parte más cercana a la entrada había sido recubierta de tapices y guirnaldas de flores, servía de salón; la parte más lejana era el comedor, con una larga mesa para los ilustres invitados. Una vez finalizada la cena, una parte de los invitados se trasladó a la otra punta del palacio, al Salon d’Hercule, para asistir a una representación de cortas partes de tragedias, comedias y ballets franceses. Sarah Bernhardt fue una de las actrices invitadas.
La Galerie des Batailles, en la actualidad.

La Galerie des Batailles, en 1896.

Menú de la cena de gala.
Curiosamente con las flores de lis monárquicas y los emblemas republicanos entremezclados.

Para concluir, una breve colación en el cercano Salon de Diane. A las once y media de la noche, en una berlina cerrada, el Zar y la Zarina abandonaron el palacio rumbo a la estación de Versalles, tocaba hacer un trayecto nocturno para ir a Châlons.

El último día de la visita a Francia estuvo consagrado a un desfile y a maniobras militares celebradas en el campo de Châlons-sur-Marne. La comitiva llegó a hacía el mediodía desde París. Hubo salvas de artillería, desfiles de los regimientos de ambos ejércitos, de los jefes árabes de las colonias francesas y una carga de la caballería francesa. Por la tarde, fue el turno de las emotivas despedidas, el Zar y la Zarina tomaron el tren imperial rumbo a Rusia. La apoteósica visita a Francia llegaba a su fin.

El año siguiente, el presidente francés sería, a su turno, recibido por el Zar en Peterhof.

Nicolás II encargaría nada más llegar a San Petersburgo un retrato oficial que plasmara sus recuerdos de la visita a París. El sofisticado pintor Ernst Lipgart fue el encargado de pintar a un apuesto y joven zar rodeado del bureau de Louis XV que había visto en el Louvre, del sillón neorrococó del Duque de Nemours colocado en sus aposentos en Versalles y de una galería que recuerda a la del Grand Trianon.
Retrato oficial del Zar, pintado por Ernst Lipgart (circa 1986).

La pareja imperial tendría el honor de volver a visitar Francia. En 1901, el káiser Wilhelm II invitó al Zar y a la Zarina a una revista a la flota alemana en Danzig. El gobierno francés, jugando la baza de la alianza franco-rusa, hizo lo mismo, invitó a la pareja imperial a una revista militar, no fuera el caso que Rusia olvidara quien era su única y auténtica aliada.

Esta vez no hubo visita a París. En su origen, el Zar debía haber visitado la capital francesa en 1900, para inaugurar el Pont Alexandre III, pero el temor a un atentado anarquista hizo cancelar la visita.

En 1901, el Palacio de Compiègne, antigua residencia otoñal de Napoléon III al norte de París, fue reamueblada y electrificada a toda prisa. Nicolás II y Alejandra Feodorovna llegaron a Dunkerque el 18 de setiembre, esta vez fueron recibidos por el presidente Émile Loubet. En Compiègne, el Zar tuvo el honor de dormir en el antiguo dormitorio de Napoléon I y Napoléon III; la Zarina, por su parte, lo hizo en el de las emperatrices Marie Louise y Eugènie.
El Dormitorio de la Zarina en Compiègne, aún con el mobiliario de época de la emperatriz Eugènie.

20.000 visitantes y 11.000 soldados saturaron el pequeño municipio de Compiègne durante la breve visita imperial. El primer día hubo maniobras militares y visita a varios fuertes y a la emblemática catedral de Reims. El segundo día, audiencias privadas y paseos por el parque del palacio, por la noche gran cena de gala. La cacería tuvo que anularse debido al mal tiempo. El tercer y último día se consagró a una revista militar en Bétheny, cerca de Reims. Luego el Zar y la Zarina partieron en tren hacia Darmstadt para visitar al hermano de la Zarina, el gran duque Ernst Ludwig de Hesse.
Acuarela representando la cena de gala en el Galerie de bal del palacio de Compiègne.
© State Hermitage Museum.

El Zar pasando revista en el campo de Bétheny.
© Bibliothèque nationale de France/BNF

Como recuerdo de este segundo viaje, el presidente francés regaló a la zarina un tapiz representando a Marie-Antoinette con sus hijos. Cuan macabra puede llegar a ser la historia.
El retrato-tapiz de Marie-Antoinette instalado en el Salón de recepción de la Zarina en Tsarskoyé Seló.

A lo largo de más de treinta años, como prueban estas dos visitas, la relación entre la más abierta de las repúblicas y la más cerrada de las monarquías siguió siendo estrecha y fundamental. Francia ofrecía importantes préstamos monetarios y un apoyo sin fisuras a la política rusa en los Balcanes, a cambio se esperaba que Rusia re-dirigiera sus planes militares de Austria-Hungría, su enemigo tradicional, a Alemania, el enemigo de Francia.

Durante años, los diplomáticos franceses convirtieron los asuntos balcánicos en uno de los pilares de su política exterior. Al mismo tiempo, presionaban al estado mayor ruso para que mejorara sus conexiones ferroviarias con la frontera alemana.

En el verano de 1914, mientras Europa se deslizaba al abismo de la Gran Guerra, el presidente Raymond Poincaré, acérrimo nacionalista, visitaba a Nicolás II en San Petersburgo. El presidente francés fue recibido en las afueras de la ciudad, en el palacio de Peterhof, entre su séquito se rumoreó que había huelgas y disparos en la capital rusa. Una vez más, una parte esencial de la visita fue una revista militar. A los franceses les pareció estupendo el ejército ruso y a los rusos les maravillaron los acorazados franceses.
El presidente francés Poincaré y el Zar pasando revista a los marinos rusos en julio de 1914.

La alianza franco-rusa, por extraña que parezca, siguió indeleble hasta la Revolución de Febrero. Su influencia en el estallido de la Primera Guerra Mundial no debe infravalorarse. Tampoco su éxito: consiguió distraer a las tropas alemanas de su avance hacía París. El coste humano fue altísimo.

Raison d’état.