lunes, 21 de julio de 2014

Reportaje: Suit Supply by Carli Hermès IV.

SUIT SUPPLY (SPRING-SUMMER 2014) by CARLI HERMÈS.

Nos metemos de lleno en el verano con la última campaña de Suit Supply. La elegancia propia de la Côte d'Azur o de Saint-Tropez con el ritmo y el exceso de Mykonos o Ibiza.

  











sábado, 12 de julio de 2014

La verdadera huida de la Infanta (Paris, 1848).

El Duque de Montpensier es un personaje al que, en la historia de la España del siglo XIX, se suele acusar de numerosos pecados, pero sin duda, el más rocambolesco es aquel que afirma que durante la Revolución de 1848 se olvidó a su mujer en el Palais des Tuileries mientras éste era asaltado por la muchedumbre.

Antoine d’Orléans, Duque de Montpensier, era hijo de Louis Philippe I, Rey de Francia, que había llegado al trono gracias a la Revolución de 1830. Como ya habían hecho sus antecesores antes que él, Louis Philippe I empezó a establecer una red de matrimonios para mejorar sus conexiones dinásticas y su prestigio internacional (para muchos monarcas no dejaba de ser un advenedizo). En 1831 había casado a su hija Louise con Léopold de Saxe-Coburg-Gotha, primer Rey de Bélgica; en 1846 propuso que la jovencísima Isabel II de España se casara con uno de sus apuestos hijos, pero las grandes potencias, con Reino Unido a la cabeza, se opusieron a tal enlace. El Rey de Francia, tuvo que conformarse, entonces, con casar a su hijo Antoine con la hermana de Isabel II, la infanta Luisa Fernanda, que a juzgar por los retratos era una mujer muy bien parecida. La boda se celebró en el Palacio Real de Madrid en octubre de 1846, ella tenía 15 años, él 22.
Antoine d'Orléans, Duque de Montpensier (1844) pintado por Winterhalter.

María Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier e Infanta de España (1846) pintada por Winterhalter.

La nueva pareja parece que fue a vivir a Paris, y habitó un appartement en el Palais des Tuileries, residencia de todos los monarcas franceses del siglo XIX. Fue en este palacio en donde les pilló, como al resto de la Familia Real, la Revolución de Febrero de 1848.
El Palais des Tuileries visto desde el jardín homónimo (hacia 1820).

Sin entrar en detalles sobre las causas y los porqués de dicha revolución, los sucesos 1848 resumen o ejemplifican el fracaso del régimen liberal que Louis Philippe I había instaurado en 1830. Más democrático y dotado de más libertades, el nuevo régimen no supo o no pudo entender las tensiones sociales de una nueva era. El régimen de Louis Philippe I, también conocido como la Monarquía de Julio por el mes en que se proclamó, supuso el triunfo definitivo de la burguesía sobre la aristocracia y del capitalismo sobre el feudalismo, Louis Philippe I fue apodado el “rey de los banqueros”, pero fue incapaz de entender las miserias y las reivindicaciones de una nueva clase social: el proletariado.
El rey Louis Philippe I retratado como "monarca constitucional", sin la parafernalia del Antiguo Régimen y con la mano encima de la Charte (Constitución). Pintado por Winterhalter en 1839.

Aquel 24 de febrero de 1848, diversos factores confluyeron en un estallido de violencia sin precedentes y las barricadas se alzaron en las calles. Diversas concesiones fueron hechas por el régimen: cambio de la ley electoral, destitución del gobierno…pero la mala gestión, el pánico, la apatía o la simple casualidad contribuyeron a hundir un reinado que se había presentado como la mejor garantía para la concordia entre los franceses. Cuando parte de la Garde Nationale, que siempre había sido un pilar del régimen, empezó a apoyar a los insurrectos, Louis Philippe I entendió que no estaba en juego el gobierno, la reforma electoral, ni siquiera su reinado, sino la propia Corona y en resumen el régimen entero. Presionado dentro y fuera de su familia, poco antes de las 12 del mediodía, Louis Philippe I aceptó abdicar en favor de su nieto, el Conde de Paris (que solo tenía diez años), su nuera la Duquesa de Orléans ejercería la regencia. Los diputados de los principales partidos (conservadores, liberales e “izquierda dinástica”) estaban de acuerdo, se debía hacer todo lo necesario para evitar que la sangre continuara manchando las calles.
Apresurada abdicación del Rey. Se puede leer:
"Abdico esta corona, que la voluntad popular me llamó a llevar, en favor de mi nieto el Conde de Paris. Que pueda triunfar en la gran tarea que recae hoy sobre él. Louis Philippe. 24 Febrero 1848."

Pero la noticia de la abdicación no pareció tener el efecto esperado en una turba enfervorecida y difícil de parar. Por otro lado, la República había sido proclamada en el Hôtel de Ville (ayuntamiento) tomado por los insurrectos.

Pero ¿qué ocurrió realmente con la Familia Real aquel 24 de febrero? Una de las mejores fuentes que tenemos es el monumental recopilatorio Histoire de la révolution de 1848 que escribió Louis-Antoine Garnier-Pagès. Garnier-Pagès fue un político republicano, que a pesar de haber favorecido la proclamación de la República en 1848 escribió un relato muy detallado y ponderado de los eventos acontecidos.

La Familia Real al completo esperaba en el gabinete del Rey las noticias sobre como había sido recibida la abdicación; la primera noticia que llegó fue la de la captura del general Lamoricière, considerado de talante liberal y popular entre el pueblo, Lamoricière había sido enviado para calmar los ánimos, su misión había fracasado antes de empezar. Luego sonidos de disparos en la Place du Carrousel, delante de palacio. Al parecer, se habían ordenado preparar varios carruajes para una eventual partida de la Familia Real. Pero apenas el convoy salió del edificio de las Écuries du Roi (Establos del Rey), que estaban delante del palacio al otro lado de la plaza, su montero fue abatido de un disparo y una muchedumbre obligó a retroceder a los carruajes, para luego prenderles fuego y saquear los establos. La Familia Real y los pocos cortesanos que quedaban observaron con horror como la insurrección era tan próxima que se podía ver desde palacio.
El centro de Paris hacia 1842. De izquierda a derecha: la Place de la Concorde, el Jardin des Tuileries, el Palais des Tuileries, la Place du Carrousel, las Écuries du Roi y el Louvre. La Chambre des Députés aparece en el extremo inferior izquierdo, al otro lado del río.

Poco después, llegó el diputado Adolphe Crémieux, con la triste noticia que la abdicación no había servido para calmar los ánimos y que él mismo no había recibido una fusilada de milagro. Su exhortación fue clara “Sire, no podemos perder ni un minuto. El pueblo viene. Quedan aún unos minutos, ¡¡en breve estará en las Tuileries!!” Rápidamente el Rey se quitó la casaca de su uniforme militar y se vistió con una levita de civil, pidió su reloj y su cartera de mano. Mientras, algunas princesas lloraban y sus hijos, los nietos del Rey, no comprendían nada de los que estaba ocurriendo. La Duquesa de Orléans permanecía serena, digna; había en ella incluso una cierta inocencia, pues aún no comprendía el peso que parecía recaer en sus espaldas. La Familia Real se despidió rápidamente de la Duquesa, que debían permanecer en las Tuileries a la espera que algunos diputados la recogieran para llevarla a la Chambre des Députés, donde prestaría juramento a la Constitución. Luego el monarca dio la señal: “¡Partamos!”.

Por un pequeño y estrecho corredor de servicio, la Familia Real llegó al vestíbulo del palacio, allí se decidió que sería más seguro coger los carruajes en la Place de la Concorde, de modo que el grupo tenía que cruzar el Jardin des Tuileries todo entero. Afortunadamente, el jardín permanecía desierto y cerrado, no como en agosto de 1792, cuándo Louis XVI y Marie-Antoinette tuvieron que cruzarlo mientras la turba los increpaba. Una treintena de caballeros del 1er regimiento de la Garde Nationale, debía servir para escoltar al convoy. Lentamente el grupo de personas rodeado por los caballeros empezó a recorrer los anchos caminos cubiertos de tierra y rodeados de estatuas. Silencio sepulcral, en el jardín no se oía prácticamente nada, era aquel silencio incómodo que precede a la tempestad, roto por unos disparos muy lejanos.
Vista aérea de Paris hacia 1848. En el primer plano la Place du Carrousel y el Palais des Tuileries, luego el jardín y al fondo la Place de la Concorde y los Champs-Élysées.

El Duque de Montpensier encabezaba la marcha junto con el señor Crémieux; luego venía el Rey, que apoyaba su brazo en la reina Marie-Amélie, su esposa, digna y erguida; a la izquierda del Rey el pintor Ary Scheffer, amigo de la familia, protegía el flanco del monarca. Seguían la Duquesa de Nemours (nuera del Rey), su hija Clémentine y el marido de ésta, el Duque de Saxe-Coburg. A continuación venía la Duquesa de Montpensier (nuestra Infanta Luisa Fernanda), que tenía diecisiete años y estaba embarazada de dos meses, acompañada de su amigo el escritor Jules de Lasteyrie. Seis criados llevaban a los nietos del Rey y alrededor  de cinco cortesanos concluían la marcha. La Familia Real, que vestía de luto por la muerte de la hermana del Rey, parecía protagonizar la marcha fúnebre de la propia monarquía.

Atrás en el palacio habían quedado, como hemos dicho, la Duquesa de Orléans con sus dos hijos: el Conde de Paris (el nuevo rey) y el Duque de Chartres (que tenía ocho años). También se había quedado en las Tuileries, el Duque de Nemours, hijo el Rey y capitán de la guardia encargado de mantener las posiciones para proteger a la Duquesa y la “retirada” de la Familia Real.

Mientras, el Rey y sus allegados proseguían su penosa marcha hacia la Place de la Concorde, con la esperanza que alguien hubiera encontrado nuevos carruajes para garantizar la partida, el Duque de Montpensier, atemorizado, se giraba de vez en cuando hacia su padre y le decía “¡Sire, acelerad el paso!”.

En la Place de la Concorde, esperaban alrededor de 4000 hombres de la Garde Nationale aún fieles a la Corona, que vieron, sin entender nada, como la Familia Real casi al completo emergía del Jardin des Tuileries, nadie les había informado de nada. Más desconcierto  mostró la Familia Real al ver que no había ningún carruaje esperando. Algunos miembros del séquito señalaron, entonces, tres pequeños coches que se habían podido alquilar a última hora y que esperaban al pie del obelisco. El primer coche era una pequeña calesa cerrada de cuatro plazas, el segundo era un brougham de dos plazas y el tercero un cabriolet también de dos plazas. Después de algunas dudas, el Rey pidió al Conde de Montalivet, que había comandado la guardia que los había escoltado desde palacio, si les podía llevar sanos y salvos hasta el castillo de Saint-Cloud, a las afueras de Paris, desde donde se podría organizar una contraofensiva. Montalivet respondió que sí. Luego el mismo Rey se dirigió hacia la calesa y abrió la puerta, las princesas y sus hijos ya estaban dentro, “¡Bajad todas!” dijo el monarca; a continuación subió él, la Reina y tres de sus nietos (dos hijos de la princesa Clémentine y uno del Duque de Nemours). En el brougham se apretujaron la Duquesa de Nemours, su hijo y su hija, otra hija de la princesa Clémentine y tres mujeres del séquito. Finalmente en el cabriolet subieron el Duque de Montpensier, el general Dumas y una de las damas de la Reina. Quince personas para unos vehículos que tenían un total de ocho plazas. Como la princesa Clémentine y la Duquesa de Montpensier no cupieron en los coches se decidió que se refugiaran hasta nuevo aviso en la cercana casa del señor Lasteyrie (he aquí la auténtica verdad).
La Place de la Concorde fotografiada en 1865 por Charles Soulier, con mucho menos tráfico que en la actualidad.

Eran alrededor de la doce y cuarenta del mediodía. El Rey gritó entonces “¡Partid!” al cochero, pero justo en aquel instante llegó un caballero al galope llevando la cartera que el monarca se había dejado en palacio, el señor Crémieux cogió la cartera e intentó entrarla a la calesa del Rey por la ventana, pero era demasiado estrecha, después de un breve forcejeo el monarca consiguió finalmente la cartera y presa de un ataque de nervios volvió a gritar “¡Partid! ¡Partid!”. Los pequeños carruajes rodeados de caballeros abandonaron a toda prisa la Place de la Concorde ante la mirada atónita de la tropa, que no comprendía nada, parecía simplemente que el Rey había huido.

El propio Garnier-Pagès afirma sin rodeos, que aquello no fue una partida, sino una huída. Es cierto que el fantasma del malogrado Louis XVI asustaba demasiado, pero al menos él que perdió la Corona de forma desastrosa supo perder la vida con dignidad. Louis Philippe I salvó la vida, pero ni siquiera luchó por su corona, por la de su nieto, por la regencia de su nuera, por el futuro de sus hijos o por su honor. Poseía aún cerca de 10000 soldados que le eran fieles, habría podido abdicar protegido y solemnemente en la Chambre des Députés, pero prefirió huir al galope dejando atrás a su nuera y a su sucesor (a los que algún día dedicare un post).

Las vicisitudes de la Familia Real no terminan, sin duda, con la partida desde la Place de la Concorde, pero como este no es el objetivo de dicho post, nos centraremos en nuestra Duquesa-Infanta a la fuga.

Confiada a manos del señor Lasteyrie, la Duquesa de Montpensier y su protector se dirigieron a casa de la madre de éste, que vivía cerca de los Champs-Élysées. Madame de Lasteyrie era una mujer muy virtuosa e hija, además, del célebre Marqués de Lafayette, héroe de la Revolución Francesa, su casa estaba por lo tanto fuera de toda sospecha. En el último momento, desconcertada por la precipitada fuga, la princesa Clémentine (¿y puede que su marido el Duque de Saxe-Coburg?) se unió al señor Lasteyrie y a la Duquesa. Se dice que mientras Lasteyrie y las dos princesas recorrían las calles entre el ruido, ya no tan lejano, de los disparos, la Duquesa dijo: “Oh! ¡No tengo miedo! ¡El ruido de los fusiles, el silbido de las balas, la guerra civil, los gritos de la muchedumbre! ¡Durante mi infancia en España me acostumbré a todo esto!”.

La princesa Clémentine permaneció poco tiempo en casa de Madame Lasteyrie, pasadas las dos cogió el tren hasta Versailles, donde se había refugiado la Familia Real tras las amenazas de que la gente marchaba sobre Saint-Cloud.

La Duquesa de Montpensier, continuó escondida hasta el día siguiente, 25 de febrero, por la mañana. Llegó entonces el general Thierry con una nota del Duque de Montpensier, la Familia Real estaba en Dreux, al parecer la Reina había querido despedirse por última vez de su difunto hijo el Duque de Orléans. El Duque de Montpensier le pedía a su esposa que fuera hasta el Château d’Eu, residencia veraniega del Rey en la costa normanda, al parecer el monarca deseaba pasar allí su post-abdicación. Lo que no sabía aún el Rey es que la regencia no se había podido proclamar y que la Duquesa de Orléans, sus hijos y el Duque de Nemours se hallaban en paradero desconocido.

La Duquesa de Montpensier, no obstante, obedeció, se despidió calurosamente del señor Lasteyrie y de su madre y (presumiblemente) cogió el tren hasta Eu con el general Thierry. Llegaron al castillo a media tarde, pero no encontraron a nadie, la Familia Real no estaba allí, probablemente habían oído las noticias de la proclamación de la República en Paris y había decidido cambiar de itinerario. Llegados a este punto es importante decir que también nos puede resultar útil la obra recopilatoria de Alphonse de Lamartine llamada, también, Histoire de la Revólution de 1848, aunque en algunos aspectos contradiga la narración de Garnier-Pagès.
El Château d'Eu, en Eu, Normandía. El 1843, Louis Philippe recibió en el castillo a la reina Victoria, sentando las bases de la futura Entente Cordiale.

Esperando en el solitario castillo empezaron a correr rumores que una columna de obreros de Rouen marchaba hacia Eu, también habían llegado espantosas noticias de que el Château de Neuilly, residencia favorita del Rey en las afueras de Paris, había sido brutalmente saqueado e incendiado por una turba enfervorecida. Temiendo que Eu corriera la misma suerte la Duquesa y el general Thierry decidieron partir hacia la frontera belga por su cuenta. En el pequeño pueblecito de Eu, consiguieron la ayuda del señor Estancelin, diplomático que había trabajado varios años en la embajada de Múnich. Después de esperar un rato en su casa los tres partieron en carruaje rumbo a Abbeville.

Pero su llegada a la pequeña ciudad del norte bien entrada la noche generó demasiada expectación, rápidamente una multitud rodeó el coche y gritó “¡Los príncipes se escapan!”. El señor Estancelin intentó convencer a la gente que viajaba con su esposa hacia su nuevo destino como diplomático, en vano. La gente se negaba a que el carruaje abandonara la ciudad. La Duquesa, el general Thierry y el señor Estancelin se debieron sentir como Louis XVI y Marie-Antoinette en Varennes aquella fatídica noche del 22 de junio de 1791. El coche se dirigió entonces hacia la casa de un amigo del señor Estancelin conocido por sus simpatías republicanas, pero por miedo o desprecio éste se negó a acogerlos. Entonces, aprovechando un descuido del grupo de hombres y mujeres que los seguían, los tres ocupantes del carruaje lo abandonaron rápidamente dejándolo vacío en medio de la calle.
Pequeña ciudad de Abbeville fotografiada hacia 1890.

Después de recorrer algunas callejuelas, el grupo decidió separarse: el señor Estancelin iría a conseguir nuevos caballos y mientras, el general Thierry y la Duquesa deberían abandonar la ciudad a pie por una de las puertas de la muralla y esperar el carruaje, hacia las once, en el borde de la carretera que conducía a Bélgica. El general y la Duquesa recorrieron las estrechas calles de Abbeville, hacía mucho viento y caía una pequeña llovizna que había apagado las pocas lámparas que habían, dejando las calles en la penumbra, además ninguno conocía Abbeville y las apresuradas indicaciones del señor Estancelin no resultaron del todo claras. Después de varias equivocaciones llegaron al fin a la puerta indicada, permanecía a medio construir y completamente rodeada de un andamio y de una alta tapia de madera, sin embargo había una pequeña puerta abierta para el paso de los peatones.

El general y la Duquesa cruzaron apresuradamente la pequeña puerta y empezaron a recorrer el camino que se alejaba de la ciudad, pero como éste también estaba a medio hacer y además llovía a cántaros el suelo estaba encharcado y repleto de barro y baches. Los dos corrían a paso apresurado hasta que la Duquesa tropezó y cayó de rodillas al suelo, el general la levanto rápidamente y continuaron avanzando, entonces la Duquesa se dio cuenta que había perdido ambos zapatos en el barro. El general Thierry estaba desolado, la tensión, la fatiga y el mal tiempo, no eran las mejores condiciones para que una mujer embarazada de dos meses recorriera los caminos. Thierry no dejaba de pensar ¿y si la Duquesa de Montpensier perdiera el niño?

El general llevó a la Duquesa hasta una roca que flanqueaba el oscuro camino, ella se sentó y él le ofreció su capote. Mientras la Duquesa esperaba allí, él desharía los pocos metros que habían hecho de camino y buscaría a alguien que pudiera auxiliarlos en la ciudad. El general Thierry volvió a entrar la ciudad y mientras se debatía en que puerta llamar (¿Cuáles serían las simpatías del vecino al que pidiera ayuda?) un joven hombre se acercó y dijo que venía de parte del señor Estancelin para asegurarse que estaban bien y que habían encontrado el camino. Ambos volvieron rápidamente a donde se encontraba la Duquesa. Entonces el joven les condujo hasta un pequeño cobertizo al lado de un horno de cal. No había ningún fuego para calentarse en aquel humilde lugar, pero al menos estaban a cubierto. Durante más de dos horas esperaron los tres hasta que por fin, pasada la medianoche, se oyó el ruido de un coche de caballos, era el señor Estancelin.

La Duquesa de Montpensier llegó a Boulogne el día siguiente, dos días mas tarde, el 28, embarcó hacia Inglaterra, donde se reunió con su marido y varios miembros de la Familia Real.
Los Duques de Montpensier y su familia en el jardín de su residencia española, el Palacio de San Telmo en Sevilla. 


Cuenta el general Thierry en sus memorias que mientras él y la Duquesa buscaban rápidamente los zapatos de ella en el barro, él se exclamó “¡¡Que extrañas aventuras en una noche tan terrible!!” y ella respondió “¡Oh, sí! Bueno, ¡la verdad es que prefiero estas aventuras a la horrible monotonía de tener que hacer labores alrededor de la mesa en los caldeados y espléndidos salones de las Tuileries!”.